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Cosas que son otras cosas

En mi pueblo (o ciudad, que yo ya no se ni lo que somos, porque llevamos ya años en un limbo entre los 40.000 y los 50.000 habitantes que nos excluye de cualquier de las dos denominaciones) había hasta hace poco una tienda de ordenadores que también ofrecía entre sus productos huevos de corral. Cualquier esfuerzo por encontrar una explicación está condenado al fracaso. Te presentabas en el lugar y esperabas a ser el único cliente para pedir una docena de huevos, como el que compra droga en una esquina. Todos sabemos que los pioneros de estas estrategias comerciales atroces son los talleres de reparación de calzado, esos lugares minúsculos en los que ni se entra (el tendero sale de una especie de mostrador, como un muppet) y vas cuando quieres hacer una copia de tus llaves. Llaves y zapatos, huevos y pendrives, y el mundo como si nada. Pero demonios, ¿dónde está la cámara oculta? 

A diferencia de la realidad, esto es lo que buscamos en la literatura, cosas que no son, una historia que te lleva donde no te esperas y hace que ese libro que pensabas que era una cosa, en realidad era otra totalmente distinta, y sin embargo justo la que necesitabas. Durante las últimas semanas me he encontrado con unos cuantos libros así, en los que detrás del ratón había un huevo de gallina.





Miss Marte, Manuel Jabois. A pesar de mi supuesto gusto por la buena literatura, de huir del blockbuster literario y de sacar pecho de vez en cuanto con un “no, ni la he leído ni la voy a leer”, cuando Manuel Jabois saca libro pierdo la compostura. Aquí me planto, aunque parezca que me pliego a los dictados del éxito comercial. Pero, ¿Quién tiene la culpa de que este tipo haya encontrado el equilibrio perfecto entre la atracción de lo que vende y la atracción de la pretendida calidad literaria? Qué demonios será eso de la calidad literaria. Pues eso, de poder ser definido, se debe parecer bastante a lo que hace cuando escribe el periodista gallego. Este libro hay que leerlo, y entender lo que hay debajo de sus costuras, porque a lo mejor la literatura de verdad tiene que ver con eso, con creer que estamos leyendo una cosa y de repente te das cuenta de que no, de que el libro te ha llevado a otro sitio. O de que, como Miss Marte, te ha llevado donde tú crees haber querido llegar. Una historia ocurrida hace 25 años que una periodista quiere rescatar con un documental en el que ahondar en aquel misterio. Y en ese viaje, diseccionar la vida de un verano en un pueblo gallego, que es donde se resume toda la vida, y de quiénes somos, cómo nos ven los demás y si, como dice el autor cerca del final del libro, nos hacemos viejos cuando es más lo que desconocemos de lo que sabemos. Vaya librazo Don Manuel, que ya debería estar leyendo todo el mundo en sus casas, en sus parques descofinados, en las colas de los supermercados.





Las malas, Camila Sosa Villada. Dice Camila Sosa en un pasaje de su novela que “un año nuestro equivale a siete años humanos”. Ese nosotras, ese ella, es su condición de travesti en Córdoba, Argentina, un viaje vital en forma de memorias, brutal, honesto, emocionante, doloroso, que supone como lector una cura de empatía demoledora. En pleno debate sobre la nueva ley Trans, donde todos parecen tener opinión y todo se tiende a simplificar y trivializar (el asunto parece permitir más esta trivialización), Las malas le pone rostro, sentimiento y humanidad (como si hubiera que demostrarla) a un colectivo con un defícit de integración intolerable en los tiempos vividos. Leer a Camila Sosa explicar cómo su padre le decía que su destino como travesti era la prostitución y acabar muerta en una cuneta trasciende lo literario y sirve como ejemplo de la magnitud de la tragedia de la que estamos hablando. 


Os recomiendo tan encarecidamente esta lectura que si no lo leéis, os invito a que veáis la charla TED que la autora impartió en su Argentina natal, visionado ante el que es difícil contener la emoción. Después de leer esta maravilla, de vivir este viaje, también es difícil no desear más Camilas en nuestras vidas.




Amianto, Alberto Prunetti. Lo que podía haber sido el relato laboral de un trabajador castigado por décadas de exposición a una sustancia cancerígena, es en realidad el relato personal de un hijo hacia la memoria de su padre. Renato, soldador de una Italia en clave de acerías y refinerías, nos muestra una vida de sueños y de justicia social, donde el amianto es el enemigo imposible pero donde también hay cómplices y villanos. Un novelón (no deja de ser una novela) para tiempos convulsos y para que seamos capaces de seguir distinguiendo lo que es de lo que no es. Por cierto, hay prólogos que valen un libro entero, y este es uno de ellos. Isaac Rosa coge el toro por los cuernos y nos deconstruye (sin destrozarlo) el relato antes de ser leído, en una muestra breve pero incontestable de su talento y oficio. Un clásico moderno que no te debes perder.






Poeta Chileno, Alejandro Zambra. Os confieso mis reservas previas ante esta novela. Aunque bien recomendada, las referencias a Bolaño me echaban para atrás (me dan miedo las imitaciones que apuntan tan alto). Está claro que el error era mío, porque he disfrutado este libro como solo se disfrutan las grandes novelas, que no solo divierten y emocionan sino que además son espiritualmente nutritivas (sé que suena engolado, pero no sé explicarlo mejor). Como decía días atrás, la historia de  Gonzalo y Vicente (entre otros muchos) ya va a suponer un antes y un después, porque mi primer contacto con Alejandro Zambra ha sido como conocer a ese amigo al que diez minutos después ya sabes que va a ser para toda la vida, o casi toda la vida, que eso de toda la vida es tan grande que se nos hace bola. Me he reído mucho con Poeta Chileno, y he aprendido sin darme cuenta de poesía chilena y de chilenos, pero también de que a veces la vida nos da titulares que no explican de verdad las cosas que nos ocurren, o que le ocurren a otros. Crecer, madurar, conocer, enamorarse, desenamorarse, reencontrarse con lo alguna vez se abandonó, desmitificar lo que alguna vez mitificaste, y por último, perdonar, pero no como acto de sacrificio, sino como proceso natural que no tiene alternativa, porque perdonar es tan obvio a veces como no hacerlo.

Por cierto, me parece maravilloso (lo dejo aquí en dos fragmentos) que el autor pierda los papeles, como seducido por sus propios personajes, y cambie de repente la tercera persona por la primera, confesando sin tapujos lo que está pasando por su cabeza. Ese dejarse llevar es, quizá, lo que me ha hecho incorporar a Zambra a ese selecto grupo de escritores a los que ya les perdono todo. Leedle ya, por favor.




Dinastía de M. Marvel nunca es lo que parece. No voy a dar una chapa sobre el Universo Marvel porque, entre otras cosas, no estoy preparado. Solo deciros que si siempre habéis mirado de lejos a los comics de la Casa de las Ideas, no tenéis por qué dejar de hacerlo, ahí es mejor no insistir. Pero si en algún momento sentís el más ligero cosquilleo, la más mínima sensación de que os estáis perdiendo algo grande, os confirmo que es así, os estáis perdiendo algo grande. Tras ver los primeros capítulos de la diferente y ecléctica WandaVision (Disney Plus), ha sido inevitable releer Dinastía de M, uno de los comics que lo cambió todo, que está vagamente relacionado con la serie. Sin meterme en ningún charco, Marvel siempre fue una macrometáfora sobre lo diferente (mutantes) sobre el derecho a la intimidad (anonimato de superhéroes) sobre libertades individuales y colectivas. Y claro, si esto te lo cuentan señores y señoras enfundados en latex, con capa y poderes, pues es imposible resistirse.

Comentarios

  1. Magnífico. Todo. Espero la próxima entrega.

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    Respuestas
    1. Gracias Salvador, una alegría escuchar tus palabras. Y esperando nuevo libro tuyo.. ya me contarás.
      Un abrazo.

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  2. En cuanto salga, te envío un ejemplar. No tardará. Abril, mayo. La editorial ha retrasado un poco la publicación por lo que ya sabemos.

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