Los martes a las siete

Todas las generaciones creen que todo era mejor antes. Da igual de cuál se trate, porque las frases son intercambiables: nuestra infancia era mejor, nuestras calles eran más seguras, ahora no se enseña como se enseñaba antes, ¿la música? Dónde va a parar, ay que ver cómo hemos empeorado, mi infancia fue mucho mejor que la tuya … No nos engañemos, no es verdad. Salvo contadísimas excepciones, es justo al revés, todo tiende a mejorar, nuestros hijos aprenden más y mejor que antes, el mundo no era más seguro (al menos era igual de inseguro, aunque las formas que adquiere esa inseguridad hayan cambiado), la música no es peor, son tus oídos los que no han evolucionado. Se llama nostalgia, y es el mecanismo con el que nos protegemos ante el miedo que supone adaptarnos a lo nuevo. Toda adaptación conlleva la destrucción de algo anterior, y las pérdidas nos asustan. Por eso no me gusta la nostalgia. Estas semanas estoy especialmente feliz por haber recuperado la cercanía de una amistad nunca perdida, pero sí un poco (muy) descuidada. Y es que las responsabilidades a veces no nos dejan ver el bosque, y de repente te das cuenta de que han pasado veinte años y son justo los que llevas sin ver a tu amigo. Y aunque lo tengas cerca solo te unen a él un par de grupos de whatsapp. Pues aquí estamos, despreciando a la nostalgia e instaurando una cita semanal en la que paseamos, compartimos de nuevo todo lo que nos une y nos reímos como si no hubiera pasado el tiempo, que en realidad no ha pasado, sino que está por venir, a nuestra entera disposición. Son nuestros martes a las siete. Y es que ya lo explicó Orson Wells en 1960, mucho mejor que yo:


Simón, de Miqui Otero. Se han escrito tantas cosas buenas de Simón, que todo lo que diga de él seguro que ya está dicho. Miqui Otero hace algo que he visto hacer a muy pocos: escribe sobre la nostalgia mirando hacia el futuro, y en Simón lo hace tan bien que dan ganas de levantarse y aplaudir después de terminar cada capítulo. Su Simón nos recuerda a Alonso Quijano, al Pijoaparte, al Mochuelo, pero sobre todo a nosotros mismos. A los que pensamos que la vida es una aventura y casi siempre una fiesta, solo que a veces se nos olvida, a los que vemos nuestra ciudad no como el lugar donde habitamos, sino como un escenario, a veces de cartón piedra, a veces con efectos especiales. Para Simón (y para Miqui) es Barcelona, una Barcelona en la que uno quiere perderse aunque la suya (su ciudad) esté en el corazón de la Mancha y no pueda ser más diferente. Simón (y Miqui) nos demuestra que se puede soñar en la cocina del bar de tus padres, en el pelo de colores de la chica que te vuelve loco o con tu héroe, aunque sea tu primo mayor y no sea exactamente un héroe. Una de mis recomendaciones del año.


Mamotreto, de Raúl Cimas. Toda la obra gráfica de Raúl Cimas en un libro, editado por Blackie Books. Y qué forma mejor de llamarle que Mamotreto. Y claro, no he dudado en devorarlo aunque ya tenía por separado los tres libros que lo componen, también publicados por Blackie. Si tengo que decidir si recomendarlo, lo tengo que pensar mucho, me pones en un brete. Es como si tengo que recomendar algo muy placentero pero muy perjudicial para la salud, no sé, una droga estupenda (permitidme el incómodo ejemplo). Sí, pero no. Venga, no. Bueno sí. Sí, definitivamente sí.


Infrafútbol, de Enrique Ballester. Creo que de todas las colecciones que se editan actualmente, la reina de la nostalgia es Hooligans Ilustrados, o lo que es lo mismo, la declaración de amor (o de odio, o de desamor) de un escritor a su equipo de fútbol del alma. En esta colección Manuel Jabois escribió sobre su pasión por el Real Madrid, Enric González sobre su querido Espanyol y Antonio Luque (señor Chinarro) sobre el Betis. Y escriben de fútbol pero casi nunca solo de fútbol, sino sobre recuerdos, frustraciones, radios en el oído y domingos por la tarde. Es injusto simplificarlo porque cada uno escribe de lo que quiere. Pues un buen amigo me regaló Infrafutbol, de Enrique Ballester, y esta pequeña maravilla (los hooligans ilustrados sí son de verdad libros de bolsillo) ha conseguido que me haga un poco del Castellón. Sí, como lo oís, del Castellón. Esta colección de libros del KO es lo mejor que le ha pasado al deporte rey en España, mucho más que el propio deporte. Deseando ver Hoolingans Ilustrados de equipos de otros países, y es que así somos los nostálgicos que nos negamos a serlo. Siempre mirando hacia atrás, a cuando nos gustaba el fútbol, cuando molaba más que ahora.


Donald Trump, según su sobrina. El libro se llama Siempre demasiado y nunca suficiente y es una retrospectiva de la trayectoria y la personalidad del ex (qué bien le sienta el prefijo) presidente de los Estados Unidos a lo largo de su vida vistas por su sobrina, testigo privilegiada de lo narrado. Conclusión, Mary Trump, psicóloga clínica de profesión, concluye sin ambigüedades: su tío es un enfermo mental cuyo sociópatía le ha convertido en uno de los personajes potencialmente más peligrosos de la historia reciente. Aunque el libro me ha gustado, esperaba más de él y no me ha contado demasiadas cosas que no supiera, más allá de algunas anécdotas familiares que hacen todavía si cabe más increíble comprender cómo Trump ha llegado a ser presidente del país más poderoso del mundo. Eso sí, el libro está muy mal traducido, tanto que he estado a punto de abandonar la lectura. Por favor, más cuidado con estas cosas, que desalientan cualquier lectura, por entusiasta que sea.


Nacho Vegas. Siempre Nacho Vegas. Y no es nostalgia, aunque esta vez sea algo parecido a un recopilatorio (pero valiosísimo, porque recupera algunas canciones desperdigadas de su carrera, no incluidas en sus discos). Nacho Vegas es volver a casa, a gritar que el mundo está lleno de canallas y que sí, en la vida casi siempre hay buenos y malos. Y la equidistancia es casi siempre el refugio de los malos.


Cuidaos, cuidad a los que os rodean y acompaños de buenos libros. 


1 comentarios:

  1. Que recomendables y especiales son esos paseos.
    20 años no es nada, porque el tiempo es relativo y en nuestro caso paren haber pasado solo 20 segundos.
    Me alegro de compartir contigo nuestra nostalgia.
    Un abrazo

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