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Una semana entre libros (ocho): El mérito, el tenis y los cuñados

Siempre he pensado que nos sobrevaloramos como espectadores, como lectores, como aficionados a cualquier arte. En concreto me refiero a los “os lo dije” o a los “yo ya le admiraba cuando no le conocía nadie”. Vamos a ver, querido lector: el mérito no es tuyo, sino del autor. Lo fácil es admirar a un genio (o a alguien que hace genialidades). El hecho de que no le conozca nadie es, salvo excepciones, cuestión de tiempo.

Pues bien, dicho esto, y en un perfecto ejemplo de incoherencia, voy a daros algún “os lo dije” para que en el futuro podáis, con toda la razón, echármelo en cara.

 

Os lo dije. Marcelo Luján es bueno, muy bueno. El mejor en lo suyo, si lo suyo es envolverte con una historia y lograr que no seas capaz de salir de ella, como si de hipnosis se tratara. Es lo mejor que le ha pasado al thriller como género literario, y demostrando que desde ese maltratado flanco se puede hacer literatura de calidad. De mucha calidad. Los cuentos de La claridad son una maravilla y me han recordado al mejor Luján, al de Subsuelo, la joya de Salto de Página, esa editorial a la que tanto echamos de menos. Marcelo triunfará, y recordad entonces que os lo dije.

 


Los cuñados. Parece el título de una novela de Santiago Lorenzo pero no. Los cuñados. Lo explica mucho mejor que yo Pepe Colubi a partir del minuto 7:


Pues bien, a mi me pasa un poco como con lo que os decía al principio, eso de que no tiene mérito admirar a quien merece ser admirado. En mi caso, yo solo puedo querer a mi cuñado, y hacerlo no tiene mérito, porque es de esas personas que iluminan permanentemente el camino. Una suerte tenerle, compartirle y escucharle, y qué mala suerte aquellos que no puedan tenerle, compartirle y escucharle. Pues eso, Pablo, que mola mucho haberte tenido, especialmente en estos meses en los que era un poco más difícil ver el lado brillante de la vida. Y siempre está ahí, solo hay que saber mirarlo.


Zamora y la guerra civil. Y precisamente fue Pablo el que me regaló muerte en Zamora, la búsqueda de un hijo para conocer la historia de su madre, muerta en los primeros meses de la Guerra Civil, cuando él  (el hijo) contaba con apenas dos años de vida. El hijo es Ramón Sénder Barayón y su padre es Ramón J. Sénder, el legendario periodista que tanto luchó por la justicia social y la libertad en España. Pero aquí el protagonista no es él sino ella, Ampara Barayón, que vuelve a su Zamora natal al estallar la guerra pensando en regresar a lugar seguro, y allí es detenida, traicionada y ejecutada. El libro es una maravilla y tiene muchas lecturas, la de la búsqueda de un hijo es estremecedora, pero lo es aún más esta forma de contar la guerra lejos de la trinchera, en esa otra guerra donde los malos eran los mismos, pero peores, más crueles y sádicos, más libres de las reglas no escritas que legitima a los ejércitos convencionales.

Hay un momento del libro en el que el autor, casi en diálogo con el lector, confiesa que se está sorprendiendo a sí mismo al darse cuenta de que todos los testimonios con los que está reconstruyendo la historia de su madre pertenecen a mujeres, y que contrasta con que la historia de la humanidad está escrita por hombres. Detrás de la historia oficial de nuestras guerras hay otras historias sin las que es imposible entender todo lo que sucedió. Esas historias son todas las de las mujeres, las madres, las hijas, las abuelas. Las que vivieron la guerra paralela que deja marcas que nunca se pueden borrar. Y mientras, otros empeñados en convencernos (o en imponernos) de que lo correcto es olvidar. Lean más y legislen menos.

https://elpais.com/espana/madrid/2020-09-30/almeida-tendra-que-demostrar-que-largo-caballero-y-prieto-fusilaron-en-la-guerra-civil-para-cambiar-de-nombre-sus-calles.html


Otra vez, Xoel. Xoel López ha tocado otra vez para nosotros. Esta vez en casa, en un concierto en Streaming, en A Coruña, su ciuidad y con la Orquesta Sinfónica de Galicia. Aunque decir que lo disfruté igual que en un concierto en directo sería exagerado, lo voy a decir: Los disfruté igual que en un concierto en directo. Ojalá muchos más, ojalá los conciertos en streaming hayan venido a quedarse incluyo cuando se vaya (y que se vaya pronto) el maldito virus.

 


Adoro el tenis. Creo que nada me hace sentir tan bien, nada como el tenis aparca momentáneamente todas mis preocupaciones y nada como la satisfacción de un buen partido de tenis, me encanta felicitar a mi rival, aplaudirle un punto, me encanta porque me encanta el ajedrez y el tenis es una gran partida de ajedrez, todo táctica y estrategia. Me encanta la sensación de soledad que uno vive dentro de una pista de tenis.

Dos libros sobre tenis han sabido recoger la esencia de estas sensaciones: El tenis como experiencia religiosa, de David Foster Wallace (la mejor narrativa sobre el duelo Nadal-Federer está ahí) y Tenis en la luna, del español Lluis Verges, un recorrido fascinante sobre la historia de este deporte. Lluis lo explica mucho mejor que yo:

 

   El tenis nos atrae porque es ahora un deporte popular que nunca ha dejado de ser distinguido, como en sus orígenes. Sus normas son complicadas y, a la vez, sencillas. Nos gusta por lo que nos ha costado aprenderlo. Los azules, los verdes o naranjas de las pistas nos relajan. Nos apasiona su historia y nos encantan sus mitos. Nos seduce el sonido de la pelota. Nos alegra llevar la raqueta en el maletero del coche. Nos encanta ver los partidos por televisión y revivir momentos y golpes antológicos en YouTube. Nos gusta invitar a nuestro exrival, ahora amigo, después del match. Nos da vida sentarnos en la silla de os descansos. Nos anima hablar de la última jornada de Roland Garros o Wimbledon. 


Salud y feliz octubre.

 


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