La catedral, Vicente Blasco Ibáñez (Antonio Pareja Editor)

He de dar fe de una injusticia prolongada en el tiempo que he perpretado en los últimos meses y que ahora he de confesar. Se trata del retraso inexcusable de la lectura de La Catedral, uno de los libros mal llamados menores en la obra de un gran autor, de esos que, eclipsados por los éxitos más mediáticos, acaban ocultos tras otras obras ocupando lugares de menor relevancia literaria a la merecida. La obra es de Vicente Blasco Ibáñez, del que todos recordaréis sus libros más reconocidos: La barraca o Cañas y Barro.


También he de dar fe (doble fe, por tanto) de la doble injusticia al tratarse del préstamo de un buen amigo, fuente de plena garantía al tratarse de un buen lector, de paladar exquisito y ajeno a modas pasajeras. Su recomendación nunca fue olvidada aunque sí relegada por novedades dictadas por el panorama editorial, que nos sedujeron - a menudo con malas artes - hasta hacer de La catedral una empresa de lectura imposible. Por fin fue leído, disfrutado y reconocido como una obra de notable interés, con múltiples lecturas y de un importante trasfondo no solo literario, sino también social y político, denominadores comunes en la obra del escritor valenciano. Gracias, aunque muy tarde, Jose, esta reseña es también un poco tuya.

La catedral cuenta la historia de Gabriel Luna, antiguo habitante de la Catedral de Toledo. Sus ancestros, jardineros en la catedral y su infancia vivida en ella son relatados por Gabriel de forma retrospectiva a través de los recuerdos que conserva de aquellos años. Su carrera religiosa en el seminario se ve interrumpida al estallar la guerra carlista, en la que participa en las filas del pretendiente Carlos de Borbón.



La guerra, su exilio autoimpuesto en Francia (su contacto con la cultura y la intelectualidad) y su transformación política y personal al acercarse al movimiento anarquista condicionan su periplo por la vida y sus múltiples destinos a lo largo y ancho de media Europa.

De nuevo, el relato vuelve a España en una metáfora sobre el eterno retorno que la vida a veces nos depara, donde todo acaba donde una vez comenzó. La familia y el primer hogar como último refugio.





Y de nuevo, el espíritu rebelde, el inconformismo y el espíritu de cambio que se vuelve a apoderar de Gabriel y de la comunidad que le rodea.

Ha sido fácil para mí reconocer en La catedral el costumbrismo de las obras que ya conocía del autor. Blasco Ibáñez es un preciso paisajista, entendiendo con este calificativo al que con su narración describe con detalle y de forma impecable lugares, personas y escenarios. La propia catedral es un perfecto ejemplo de ello, en una auténtica lección literario de la que bien podrían aprender otros que han seguido caminos en apariencia parecidos (pero en realidad bien distintos y menos ricos literariamente, no vayan a confundir a Blasco Ibáñez con Ken Follet).

La prosa del autor valenciano es esencialmente teatral, con personajes perfectamente construidos y en ocasiones estereotipados, siempre al servicio de la historia que subyace de la trama aparentemente principal: el despertar político que se vivió en el país a partir de esos años convulsos (finales del siglo diecinueve) y que plantó cara a la monarquía, al clero y a las clases sociales dominantes). El libro supone una buena forma de entender parte del caldo de cultivo de la historia de nuestro país del siglo veinte.



La Catedral es un libro interesantísimo de un autor aún por descubrir por gran parte de la población lectora de este país, lo que lamentablemente no es una excepción entre los clásicos de nuestras letras. Más allá de los titulares y de la fugaz memoria de nuestra vida académica infantil, nos deberíamos plantear de forma urgente (al menos los que nos consideramos lectores) una revisión seria y profunda de nuestro bagaje lector en cuanto a clásicos imprescindibles, y podríamos empezar por nuestro país. Y hacer con ello más caso, a esos amigos, como el mío, que nunca los han abandonado.

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