La isla de los conejos, Elvira Navarro (Literatura Random House)

Hay libros y autores con los que siento que puede trazarse el mapa del animal literario que llevo dentro. Supongo que no me pasa solo a mi (me consuelo con ello), y a veces divago pensando qué autores elegiría si quisiera que se me conociera a través de ellos, como esos tests de respuestas rápidas que tratan de capturar la esencia del que los cumplimenta.

Si pienso en los autores que definen mi trayectoria lectora, los que explicaría  mejor porqué leo lo que leo, qué tipo de libros busco (o qué libros me encuentro por el camino) dudaría poco: son aquellos con los que me conmuevo con el simple hecho de conocer que van a publicar un libro. Y en ese reducido grupo está, sin duda, Elvira Navarro. La (mi) literatura es Elvira Navarro: busco su narrativa en los libros que leo (no solo en sus libros), cuando trato de explicarle a alguien lo que se pierden cuando dejan de abrir un libro mi mente piensa en un libro de Elvira Navarro, cuando escribo (cuando oso intentarlo) mi estilo torpe e inexperto busca inconscientemente su música, su estilo...

La de Elvira Navarro es literatura de escenarios desolados, tan cercanos a lo real (a veces más que la propia realidad, contaminada con nuestros falsos recuerdos), despejados del ornamento que la ficción con frecuencia atribuye a los territorios ficcionados. Es literatura en primera persona, con narradores vulnerables. Es también enfermedad mental tratada con la normalidad que la normalidad de la vida real a veces no logra, y el encaje de esta en las normalidades imperantes.

Nuestro blog puede contarse a través de los libros de Elvira Navarro. La trabajadora era - más que una reseña - un manifiesto y la controvertida Los últimos días de Adelaida García Morales abría nuevos caminos en las grietas que surgen entre la realidad y la ficción. Hoy es un día de fiesta, volvemos a la autora onubense con su último libro, aún con olor a imprenta. Os presentamos La isla de los conejos.




Se trata del primer libro de relatos de Elvira Navarro, aunque cabría señalar que no me ha parecido algo novedoso en su literatura. Sus dos libros anteriores (y los anteriores, aunque no los he leído) son en realidad relatos largos, de apenas cien páginas, que han alcanzado la soberanía de libro independiente, pero que mantienen esencia, forma y alma propia de un relato. La autora se mueve como pez en el agua en las coordenadas propias del relato, y La isla de los conejos no es sino la confirmación de ello.

De nuevo nos encontramos con los precipicios propios de su literatura. En los once relatos que componen el libro nos vemos asfixiados por el terror de los espacios cotidianos, por las derivas oníricas de la existencia, por las preguntas sin respuesta, por los tormentos personales, por lo bendito y lo maldito que la soledad de las personas trae consigo (la soledad como estadio mental, más allá de la realidad física de la misma).

Así, el esqueleto del libro arranca con Las cartas de Gerardo, Monumental relato inicial. El abismo sin retorno donde residen las cosas irremediables, en este caso una ruptura. La captura del instante más triste de la historia, que casi siempre es el periodo justamente anterior - o posterior - al que pensamos. Uno de mis relatos favoritos del libro.

Continuamos con Estricnina, relato fantasticos de inspiración kafkiana en torno a un escritor y una extraña extremidad que emerge de una de sus orejas. Confirmación de que la autora no tiene miedo a traspasar los límites convencionales de las historias puramente realistas; La isla de los conejos, suerte de fábula contemporánea acerca de un hombre que siembra de conejos una isla para alejar a las aves que perturban su descanso, y el inquietante comportamiento de estos, relato que da nombre al libro y que permanece en la retina tiempo después de su lectura; Regresión, los recuerdos distorsionados del pasado de dos amigas que dejaron de serlo y del reencuentro, de nuevo la periferia de la gran ciudad como paradigma de escenario desnudo, sin banda sonora edulcorante; París Périphérie, París y su periferia - los suburbios parisinos, origen y explicación de tantas cosas - como metáfora del fin del mundo: de lo que no aparece en los mapas, de los bordes que no se ven y no importan a nadie; Myotragus, un animal, mitad cabra mitad rata, obsesiona a un archiduque en la isla de Mallorca. La soledad y la irrealidad que rodea a aquellos que prescinden del resto del mundo, la "ballena blanca" que puede llegarnos en nuestras vidas.., y también, bajo mi punto de vista, el relato menos conectado con el resto del libro.


Tomamos un respiro, porque la brevedad de los cuentos no debe confundirnos. Su intensidad exige tiempo y reflexión. Igual que en el cine, los silencios son importantes, cruciales por lo que cuentan. En los libros los silencios son a menudo - este el caso - responsabilidad del lector, que necesita insertarlos entre historia e historia (a veces dentro de la propia historia) para digerir mejor lo leído, como un elemento narrativo más.


Seguimos con Notas para una arquitectura del infierno, la sombra del hermano ausente, maldito, de nuevo la enfermedad como estigma de una sociedad de por sí enferma; La habitación de arriba, La empleada residente de un hotel comienza a soñar los sueños de los clientes del hotel, el relato más perturbador de todos, metáfora sobre lo que somos y cómo nos define lo que no somos; Memorial, la apertura de una cuenta de Facebook presuntamente por parte de la madre fallecida perturba a una hija, una alegoría con tintes más psicológicos (¿trastorno de personalidad?) que distópicos, el relato más inquietante e interpretable de todos.


Ya casi al final nos encontramos con Encía, un viaje de novios a Lanzarote tornado en pesadilla por culpa de una infección bucal, en lo que en realidad podría parecer una nueva versión de Las cartas de Gerardo, otra demostración del portento de la autora diseccionando relaciones personales.

Solo al final el ritmo decae (no sé si el del libro o el del lector) con La adivina, donde se dan cita la precariedad laboral, la resignación y un servicio de videncia en forma de mensajes telefónicos en el que no acabo de entrar.




Supongo que no hace falta aclararos lo inmensamente feliz que me ha hecho este libro, y las ganas que tengo de que Elvira siga escribiendo. Su generación (que es la mía), con autores como Isaac Rosa, Sara Mesa, Belén Gopegui y ella misma son ya páginas de la historia de una literatura cuya importancia se hará más real con los años, y es nuestra - de todos - la responsabilidad de construir un legado a la altura de sus obras.

A veces, reflexionando sobre la complejidad de objetivizar mi opinión sobre un autor, pienso en que hay dos factores que impiden la objetividad (o cualquier cosa que se le parezca). Por un lado, el autor cambia con cada libro, evoluciona (o no), involuciona (o no) pero, en cualquier caso, no es el mismo que en libros anteriores (el autor, como persona, es ya otro). Por otro lado, estoy yo como lector, que tampoco soy el mismo, mi mirada se ha transformado y soy otro (mejor o peor, quien sabe). Con Elvira Navarro me ocurre una tercera cosa - una mezcla de las dos en realidad - y es que yo he cambiado en parte por la lectura de sus libros, por lo que camino con su cambio y - quiero pensar - cambio en sintonía con la autora, en una danza en la que autor y lector se (des)encuentran y se reconocen. Mi duda es si los autores también son capaces de reconocer el cambio de sus lectores y si este les transforma. Quién sabe, a lo mejor la comunicación va y viene en ambos sentidos y nos permite ayudarnos mutuamente a entendernos en este lenguaje universal y maravilloso que supone leer y ser leído.

1 comentarios:

  1. Acabo de encargar el libro. También (yo) espero expectante las publicaciones de Elvira. Excelente reseña.

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