El eco de los disparos, Edurne Portela (Galaxia Gutenberg)


El impacto que ha tenido (y que sigue teniendo el libro Patria) en el imaginario colectivo y toda la tinta vertida sobre él nos ha obligado a indagar y explorar otras lecturas que abordaran el conflicto vasco.
Ya os explicamos qué opinábamos sobre la novela de Aramburu (aquí nuestra reseña): nos parecía una buena novela pero no le atribuíamos los poderes mágicos que algunos han visto en ella. Es una buena novela de ficción, pero calificarla como “la novela definitiva para superar el conflicto”, “el libro definitivo sobre ETA”, “una de las mejores novelas de los últimos años” se ha convertido, bajo mi punto de vista, en un lastre para Patria.
Hoy os traemos un ejemplo perfecto para comenzar a explorar la temática del terrorismo vasco de una forma mucho más enriquecedora. Se trata de El eco de los disparos, de Edurne Portela.


El libro, planteado inicialmente como ensayo, supone una crítica edificante y constructiva al conflicto vasco. El modo de acercamiento elegido por Portela es el análisis de muchas de las propuestas que desde el mundo del arte (cine, literatura, fotografía) han tenido lugar en los últimos años. En este sentido, el ejercicio narrativo de Edurne Portela supone un apasionante recorrido por la memoria cultural del asunto vasco.
Pero no solo es eso, porque la autora se implica superando los límites del ensayo más ortodoxo alternando este con sus vivencias personales (los viajes de su familia a Bayona para visitar a los “barbudos”, sus coqueteos juveniles con la estética e ideología afín a posiciones radicales, sus huidas de supervivencia – el conflicto está en otro sitio - , las visitas a la tendera del mercado, viuda de un asesinado por ETA y sus ganas de preguntar, de escuchar, de comprender…). La autora nos muestra la violencia como parte del paisaje en el que ha crecido y con ello trata de transmitirnos la complejidad de un problema donde los blancos y los negros no existen.

Os pongo como ejemplo alguno de estos párrafos introspectivos, donde la autora, en tercera persona, nos cuenta: "No le importaba ir a sus conciertos, vestirse como una de ellos, insultar a la policía, ni siquiera le molestaba demasiado su violencia. Pero en el fondo despreciaba su ideología, tan carpetovetónica y tan de pueblo. En el instituto los borrokas –entre los que se encontraban los más tontos de la clase o los que más gritaban– la llamaban burguesa porque sus padres tenían negocio propio y porque ella siempre votaba en contra de sus huelgas."


A lo largo del libro Portela explora los diferentes acercamientos al conflicto vasco desde propuestas culturales poco difundidas (o al menos las más alejadas de posturas oficiales). Entre ellas os dejo algunas muestras que me han gustado especialmente, tanto en el análisis de la autora como en la lectura y visionado posterior:

- Asier eta biok (Asier y yo), de Aitor Merino. Documental que muestra el encuentro de Aitor (actor conocido por ser uno de los protagonistas de Historias del Kronen) con un amigo de la infancia Asier, exmilitante de ETA.



- Letargo, de Jokin Muñoz . Conjunto de relatos que muestran algunas de las complejidades de la sociedad vasca a través de los silencios.

- Tiro en la cabeza, la propuesta cinematográfica sobre el conflicto, incómoda, sin ideologías condicionantes,  de Jaime Rosales. Para algunos, una obra maestra, para otros una provocación.




Me resulta interesantísima la profunda reflexión que Edurne Portela hace en torno al silencio y su crítica sobre la supuesta superación del conflicto, expresado habitualmente con la dudosa expresión de “pasar página”, cuando lo que estas palabras expresan es que miremos hacia adelante sin haber afrontado de verdad las heridas cuya cicatrización sería el único paso de verdad para superar el conflicto.

En ese sentido, me parece brillante el análisis sobre una de las películas que más éxito ha tenido en los últimos años en torno al terrorismo vasco, Ocho apellidos vascos. En contra de la opinión generalizada (que alabó a la película como la primera prueba de que esto estaba  superado y que ya podíamos reírnos sin complejos del tema) la autora defiende la irresponsabilidad de esta afirmación,  ya que reírse  de algo de lo que no nos hemos atrevido a hablar en serio parece cuanto menos frágil en cuanto a su consistencia como prueba de superación. Mucho más interesantes son (para la autora y para el que escribe) otras propuestas como El negociador, de Borja Cobeaga o la mucho más actual Fe de Etarras, donde sin los tópicos manidos y esperpénticos de Ocho apellidos… se consigue de una manera mucho más inteligente risa (o sonrisa) y reflexión al mismo tiempo sin caer en la burda comedia.

Aunque la autora no lo trata (El eco de los disparos es anterior)  opino algo parecido sobre Patria.  Tanto en este caso como en el de Ocho apellidos vascos,  pretender adoctrinar sobre un tema tan complejo y dirigir al espectador hacia unas conclusiones ya marcadas es (aún cuando estas conclusiones sean acertadas) el peor de los caminos posibles si lo que se pretende es generar un debate enriquecedor y constructivo.

Es especialmente interesante que, sin negar la violencia ejercida con frecuencia por parte del estado y de las fuerzas policiales, la autora expone y argumenta sin rubor la obscenidad que supone equiparar a las víctimas de ETA con las que son causa de esta violencia institucional. Este párrafo introductorio define a la perfección este planteamiento:

"La equiparación entre las víctimas asesinadas por el terrorismo de ETA y aquellas catalogadas como víctimas del Estado es no sólo perversa, sino también obscenamente falsa, como tendré ocasión de repetir a lo largo de esta sección. Pero también es innegable que en la historia del conflicto hay una violencia que viene del Estado, sin que reconocerlo tenga que necesariamente relativizar la de ETA. Si no tenemos en cuenta ese lado de la ecuación también desaparece parte de la complejidad real de la historia. El problema estriba en cómo tenerlo en cuenta y desde qué perspectiva, en dar los suficientes matices y aclaraciones para no caer en la equiparación, la comparación, o el eufemismo que acaba metiendo en el mismo saco a víctimas y perpetradores."

Muchas son las representaciones del sufrimiento que nos invita a conocer el libro (que no necesariamente a comprender) y en ese sentido resulta muy interesante la opinión que la autora muestra sobre la participación de las asociaciones de víctimas del terrorismo, a las que, sin negarle su derecho a ser una parte más del complicado puzle, sí le atribuye algunas acciones nada beneficiosas para avanzar hacia territorios de comprensión y de paz (como ejemplo, la manipulación que desde estos y otros estamentos se hizo del video de Facu Díaz, en el que se trató de malinterpretar el propósito del gag, cuya manipulación no aguanta un mínimo visionado inteligente).
También hay sitio para las opiniones que han calificado a todos aquellos que han intentado buscar posiciones de equilibrio como “equidistantes”. Así lo expresa muy acertadamente la autora: "Lo que muchos llaman equidistancia es en repetidas ocasiones un ejercicio de profundización del pensamiento, un cuestionamiento honesto de la realidad, un intento de ampliar una imaginación reducida y enquistada."

En mi caso personal, uno de los grandes descubrimientos (aunque ya os he desvelado algunos) ha sido la obra fotográfica de Clemente Bernad. Representaciones del mundo abertzale, de nuevo con el propósito de entender, de aportar narrativa al conflicto. Portela utiliza varias de estas fotografías como muestra del interés de autores como Bernad en intentar entender desde dentro el problema vasco, reconociendo su complejidad como premisa.





Y curiosamente, y con una propuesta si bien no definitiva pero al menos aportadora a este mosaico de ideas y de reflexiones, también aparece Aramburu. En este caso con su obra anterior a Patria. Aunque su obra merece atención (quién lo duda), Portela saca a la luz con obras como Los peces de la amargura los mismos defectos que hemos comentado con Patria:

"Y, de nuevo, esto no quiere decir que Aramburu exagere o que lo que se plantea no esté tomado de la realidad que hemos vivido las últimas décadas. Lo que intento enfatizar es que, subrayando la radicalidad de los otros, nos facilita no plantearnos nuestra propia complicidad, nos permite no profundizar en nuestro conocimiento y, por tanto, ensanchar nuestra imaginación viéndonos como parte activa en este conflicto."

Me encanta y comparta la interesantísima reflexión final sobre la separación entre perdón y reconciliación, y sobre lo importante que es aclarar que el perdón no es necesario para la superación el problema, al considerar (la autora) que este es un sentimiento absolutamente personal de las víctimas y que no debe mezclarse con la comprensión y el entendimiento del conflicto.

Os dejo para terminar una cita que redunda en la equívoca expresión sobre “pasar página” y que define muy bien parte del espíritu crítico de esta novela: "Cuando nuestra sociedad civil está ya deseando pasar página –cuando ni siquiera ha leído la primera del libro sobre nuestra complicidad con la violencia– (...) En este sentido, representar a la víctima y al perpetrador como entidades impermeables, inamovibles y dentro"
 
Un libro impresionante, y en este caso sí, imprescindible como guía y como herramienta de reflexión y análisis, que nos demuestra que los puntos de vista (de este problema y de cualquier otro) inmovilistas y categóricos nos facilitan la vida pero no nos ayudan a resolver los conflictos.
 
Ahora toca leer Mejor la ausencia, recién publicado y también de la autora, que esta vez ha elegido la ficción como propuesta para afrontar el asunto de ETA y del País Vasco. Sin duda merecerá la pena acercarse a él.



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