Viaje a la aldea del crimen, Ramon J. Sender (Libros del Asteroide)

Hay acontecimientos en la historia que tienen un antecedente previo a su comienzo oficial, un episodio cuya lectura con el paso del tiempo adquiere un carácter premonitorio, como si lo ocurrido meses, años antes anunciara lo venidero.

En el caso de la Guerra Civil Española el episodio que suele ocupar este lugar es la llamada Revolución de Asturias de Octubre de 1934, levantamiento obrero que surgió como respuesta a las medidas represoras del llamado bienio radical cedista, periodo en el que el gobierno del conservador Lerroux incorporó a tres ministros de la CEDA, partido ultraconservador católico liderado por Gil-Robles.

Una corriente extendida de historiadores de corte derechista (y de tendencias profranquistas) cuya figura más representativa y mediática es Pío Moa han considerado este episodio de reivindicación obrera la justificación posterior al levantamiento de 1936. Versión, por cierto, altamente cuestionada y de carácter tendencioso (establecer una relación causa-efecto entre la rebelión obrera y la sublevación militar no resiste el más mínimo análisis histórico).

Portada de Viaje a la aldea del crimen
El otro episodio candidato a ocupar el papel de preludio de la Guerra Civil, menos conocido que el de 1934, tuvo lugar un año antes en la aldea gaditana de Casas Viejas, y es conocido como Los sucesos de Casas Viejas. Rescato un extracto del prólogo del libro que traemos hoy al blog, obra del periodista Antonio García Maldonado:


La historiografía nos dice, cargada de razones, que la caída de la Segunda República tras el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 y la guerra civil que perduró hasta 1939 tuvo causas de fondo seculares de nuestro país, agravadas por un contexto europeo de extrema complejidad, con el ascenso de los fascismos y la polarización política en el continente que poco después padecería la guerra más mortífera de la historia. La Iglesia, gran parte del Ejército, los terratenientes, los banqueros, los industriales, los monárquicos: la República tuvo, desde el primer momento de su proclamación en abril de 1931, enemigos demasiado poderosos para sobrevivir, o al menos para vivir sin sobresaltos.

En este escenario de frágiles equilibrios, nada ocurría sin que trascendiera. Todo era susceptible de convertirse en un arma política arrojadiza. Generalmente, contra el nuevo régimen republicano, que con tantos enemigos al acecho cometió un pecado original ominoso en Casas Viejas, una pedanía de Medina Sidonia (Cádiz) de unos 2.000 habitantes, a principios de enero de 1933, cuando durante la madrugada del 10, un grupo de anarcosindicalistas, creyendo formar parte de un levantamiento anarquista en todo el país, asaltó el cuartel de la Guardia Civil y declaró el comunismo libertario después de herir a dos guardias civiles, a uno de ellos de muerte.

Lo que llegó al pueblo pocas horas después no fueron los refuerzos de sus compañeros anarcosindicalistas de Jerez, como esperaban, sino guardias civiles y de asalto (el cuerpo que Azaña había creado por su falta de confianza en la benemérita) con órdenes terminantes de sofocar el estallido, “sin prisioneros ni heridos”, según declararían algunos de ellos. Las fuerzas de seguridad tomaron Casas Viejas y, utilizando la intimidación y la violencia, consiguieron los nombres de los habitantes con declaradas simpatías anarquistas. Ante este hecho, los rebeldes se refugiaron en la choza de Seisdedos, un carbonero de 72 años señalado como uno de los cabecillas del levantamiento.

El acoso a la casucha fue brutal. Durante el mismo murió un guardia de asalto. Por la noche, el acoso continuó con granadas, rifles y una ametralladora. Más tarde llegaría el capitán Rojas con cuarenta guardias de asalto, según su versión con la orden verbal de “abrir fuego sin piedad contra todos los que dispararan contra las tropas” que le había transmitido el director general de seguridad, Alberto Menéndez.

En vista de la resistencia de los amotinados, Rojas ordenó incendiar la choza para provocar la espantada. Finalmente serían ocho los muertos en el interior de la casa en esa primera jornada de la razzia con la que Rojas quiso dar un escarmiento ejemplarizante. La masacre continuaría con el ajusticiamiento de media docena más de habitantes señalados que habían sido hechos prisioneros y llevados ante los rescoldos de la choza de Seisdedos. Fueron asesinados a sangre fría cuando se encontraban aprehendidos y desarmados.

Casas Viejas. Foto de archivo
El conato de rebelión anarcosindicalista y, sobre todo, su cruel aplastamiento por la Guardia de Asalto y la Guardia Civil ofrecieron la excusa idónea para que la oposición comenzara una ofensiva parlamentaria y extraparlamentaria que, a la postre, contribuiría a desprestigiar y acabar con el Gobierno republicano-socialista que presidía Manuel Azaña y a la ascensión al poder de la CEDA y otros grupos de derecha de lealtad más que dudosa hacia la República. El caso Casas Viejas es, por eso, un hecho capital en la historia española reciente.

En la propia insurrección, en el sofoco de la misma y en las reacciones políticas que provocó se expusieron sangrientamente todas las patologías sociales e históricas que la joven república trataba de corregir. El hambre y la miseria en gran parte del país, sobre todo en Andalucía; el abuso y el capricho de una autoridad alejada de esa realidad miserable; la polarización extrema de los posicionamientos políticos; la insolidaridad criminal de los terratenientes. Casas Viejas era, en enero de 1933, una miniatura de España, un aleph donde las dinámicas perversas que conducían a nuestro país al desastre se evidenciaban con una claridad trágica.


Sólo cuatro día después de los sucesos, el prestigioso periodista Ramón J. Sender se desplazó al lugar de los hecho para escribir una serie de crónicas sobre lo sucedido para el periódico La Libertad. Este es el contenido principal del sobrecogedor libro Viaje a la aldea del crimen: un estremecedor relato sobre uno de los episodios más negros de nuestra Segunda República.

Ramón J. Sender
Ramón J. Sender utiliza para ello una técnica sorprendentemente adelantada a su tiempo, utilizando para ello toda la información y testimonios recabados durante los días posteriores a la masacre.

Como Truman Capote en su obra maestra A sangre fria, el periodista, sin perder un ápice de rigor, utiliza la ficción para contarnos el relato global de lo ocurrido: la víspera de la revuelta, el asalto al cuartel de la Guardia Civil, los primeros heridos, la contundente y brutal respuesta de los refuerzos para frenar a los insurrectos, el asedio a la choza donde se refugiaron algunos de los rebeldes, los primeros asesinatos...

A Sangre Fría. Ficción y periodismo para la historia
Con una pluma precisa, el relato se completa con testimonios de muchos de los supervivientes, con declaraciones de la comisión oficial abierta en el Congreso de la República. Por último, el periodista narra en primera persona la tensión vivida en la aldea los días posteriores, las presiones recibidas por la Guardia Civil y por los terratenientes del lugar para que abandonase el lugar y para silenciar lo ocurrido.


Los hechos supusieron la primera gran crisis de la segunda república, que supuso la salida del gobierno de Manuel Azaña y provocó la llegada de un gobierno conservador a partir del cual se precipitó todo hasta la fecha fatídica del 18 de Julio de 1936, marcada en rojo en el calendario negro de este país.

La República, herida de muerte, precipitó la aparición de sus enemigos, hasta entonces durmientes, que aprovecharon este imperdonable error para sembrar la semilla de lo que viviría este país más adelante.

El tiempo y el rigor histórico ha acabado desvinculando los hechos de Casas Viejas con la participación activa del gobierno de Azaña, pero durante décadas el gobierno de Franco se encargó de silenciar la historia completa. La República cargó cual mártir resignado con todo el peso de estos acontecimientos.

Esta brillante mezcla de crónica periodística y ficción (al servicio ésta de los hechos reales, completamente fiel a ellos) supone un monumento a la historia y a la literatura. Y no olvidemos, fue escrito en 1933. No conviene olvidarlo porque después vinieron otros, que construyeron obras eternas con las herramientas que ya había utilizado con maestría Sender: el ya mencionado Capote, Hemmingway, en España Manuel Chaves Nogales, Armando Pérez Salinas...

Manuel Chaves Nogales, periodismo convertido en gran literatura
Mención especial merece el magnífico prólogo de Antonio García Maldonado, del que hemos robado antes un fragmento. Una lectura fina y precisa perfecta como carta de presentación al texto de Sender.

Literatura necesaria, para enseñar y aprender. Especialmente necesaria en estos tiempos en los que todavía algunos afirman sin pudor que tenemos que olvidar nuestra historia y silenciar nuestra memoria. Como si los pueblos no necesitasen de ellas -historia y memoria- para construirse a sí mismas y para mirarnos a la cara con dignidad.

Olvidar, pasar página, no tratar de entender. Desconfiad, amigos lectores, de aquellos que utilicen este vocabulario. Regaladles libros como este. La mejor arma, como siempre, las palabras.

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