lunes, 26 de octubre de 2015

Infancia, J.M. Coetze (Literatura Random House)

A lo largo de la breve historia de este blog hemos hablado en numerosas ocasiones de los reencuentros literarios. No obstante hay una sección exclusivamente dedicada a ellos: Relecturas. En ella os cuento la experiencia que supone volver a leer un libro. Casi nunca es en vano, siempre sacamos algo enriquecedor, casi siempre descubrimos cosas nuevas, o simplemente disfrutamos de la experiencia de volver a disfrutar del mismo libro, con el placer añadido de la elección a conciencia, como el que escoge un bombón concreto de una caja llena de variedades porque sabe que es ese el que le gusta, dejando para otro momento el descubrimiento de nuevos sabores.
 
Hoy voy a hablaros de otro tipo de reencuentros. Ocurre cuando lees el libro de un autor y la lectura causa en ti un gran impacto. Tanto que el recuerdo no hace sino hacer crecer esa experiencia, haciendo que tengas en gran consideración al citado escritor y a su obra. Aunque sólo hayas leído un libro suyo.
 
Las circunstancias, lo intenso de la experiencia o el puro azar hace que no vuelvas a leer nada del autor en años. Ya le has leído y simplemente no te planteas seguir leyéndole (la vida de un lector está llena de libros no leídos, algún día hablaremos de cómo esos libros no leídos construyen una parte importante de nuestra historia, nos definen). Pero un día aparece un segundo libro. He ahí el reencuentro.
 
Esto es lo que me ha pasado con J.M. Coetze. En su día quedé fascinado con su libro Desgracia, una novela dura y áspera que contaba en forma de ficción muchas de las complejidades de la sociedad sudafricana, sociedad que despierta en mi un enorme interés. El racismo en multitud de variantes (negros con blancos, blancos con negros, blancos con blancos) o los enormes contrastes entre la sociedad urbana y la rural son sólo algunos de los trazos que conforman el fascinante cuadro de un país que parece representar un trozo de Europa a la deriva en la inmensidad del Sur de África.
 
J.M. Coetze
 
 
Impulsado en parte por el blog, me encontré con esta asignatura pendiente, y he comenzado con enorme interés la lectura de la trilogía autobiográfica del autor: Infancia, Juventud y Otoño, en las que narra en tres actos su vida hasta la actualidad. Hoy os presento su primer libro: Infancia.
 
 
Portada de Infancia


En Infancia, Coetze (Premio Nobel de Literatura en 2003) narra las primeras experiencias vitales de un niño de 10 en Worcester, pequeña localidad sudafricana. No se trata realmente de un relato autobiográfico al uso. El autor narra en tercera persona, de manera aséptica y sobria, sin un ápice de carga emotiva (algo que podría presumirse de cualquier relato autobiográfico).
Esta distancia intencionada tiene un doble efecto: por un lado permite al autor poder contar episodios de su propia vida difíciles de contar de otro modo. Una relación de profundo amor (y de profundo odio) con su madre, un padre al que, aunque presente, no le considera parte de la unidad familiar, un colegio que representa un espacio de aprendizaje traumático para el protagonista..; por otro lado, la historia que cuenta el autor con la excusa de su propia experiencia infantil es la historia de un país: los conflictos étnicos y religiosos, su controvertida estructura social y política, la importancia de las granjas, auténticos tótems familiares, sociales e históricos sobre las que gira todo un territorio y que encuentra pocos parecidos con la realidad occidental que conocemos.

Infancia es, con todo esto, un relato autobiográfico estremecedor y único en la literatura. En este libro he vuelto a reencontrar la dureza y la pureza técnica del discurso narrativo de Coetze, y supone un punto de partida difícilmente superable en los libros que le siguen y que cierran el círculo biográfico que conforman el resto de la trilogía.
 
Sin duda continuaré este reencuentro literario leyendo Juventud, en el que, por lo que he podido leer, el autor continúa su particular relato vital con sus vivencias fuera de Sudáfrica (en Inglaterra) y en el que narra sus primeros pasos hacia lo que se ha convertido: uno de los más notables escritores vivos de la segunda mitad del siglo XX.
 
Te animo a que leas a J.M. Coetze si no le conoces. Si te gustan los relatos autobiográficos quedarás maravillado con un autor que ha reinventado el género autobiográfico, utilizándolo para explorar sus propios recuerdos como motor de su contexto histórico y geográfico, acercándonos a su infancia (y a la nuestra) con la sencillez literaria propia de las obras maestras, donde lo difícil parece muy sencillo, característica que comparte con las grandes creaciones, aquellas que pareciendo fáciles de alcanzar están al alcance de unos pocos elegidos.

lunes, 19 de octubre de 2015

Relecturas (VII): Releyendo a Gabriel García Márquez. La Mala Hora

Retomamos nuestro repaso a la obra de Gabriel García Márquez con La Mala Hora, una de sus primeras novelas (en concreto la tercera tras La Hojarasca y El coronel no tiene quien le escriba) el primer libro que leí suyo tras sus tres obras maestras y más conocidas (Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera y Crónica de una muerte anunciada), por lo que le tengo un cariño especial.  
 

Portada de La Mala Hora, en la maravillosa edición de Mondadori
Ha sido un placer volver a leer La Mala Hora. Con esta experiencia de relectura tan intensiva estoy descubriendo que volver a leer un libro no sólo me permite volver a disfrutarlo, a reinterpretarlo a veces, a "pasearlo" tranquilamente como el que vuelve a un lugar de su infancia y quiere intuir sonidos del pasado, sino que el libro me transporta al momento en el que lo leí por primera vez si, como en el caso de La Mala Hora, éste fue especial e importante en mi vida. La Mala Hora fue el primer libro con el que una chica de ojos azules y siempre sonriente se presentó debajo del brazo para que lo leyera. Miles de te quieros después, dos hijos, una boda y un montón de sueños aún por cumplir, esa chica sigue presentándose de vez en cuando con la misma sonrisa y con un libro bajo el brazo.

La Mala Hora nos transporta a un pueblo perdido de la Colombia profunda (no, no es Macondo, aunque de Macondo se habla como lugar cercano). Un asesinato pasional despierta con sobresalto a los habitantes del pueblo. La culpa la tiene el último pasquín que ha aparecido denunciando una infidelidad. Uno más, los pasquines (panfletos anónimos haciendo público un chisme, un secreto, una denuncia) desatan miedos y pasiones, tanto por lo que dicen como por lo que pueden decir, "lo que quita el sueño no son los pasquines, sino el miedo a los pasquines.." dice uno de los personajes del libro.


Uno de los ejemplares más preciados de mi biblioteca


Los pasquines son al final una metáfora sobre los prejuicios establecidos, de nuestro a menudo equivocado establecimiento de prioridades. No creemos ser lo que hacemos, sino lo que creemos que los demás saben sobre lo que hacemos.  
 
¿Quién es el autor de los pasquines? La pregunta que llena de misterio a los habitantes del pueblo (y al lector, que es capaz de imaginar un pasquín en su propia puerta) es, sin desvelar nada del libro, irrelevante. Como si de una versión revisada de Fuenteovejuna, el pueblo entero se convierte (real o metafóricamente) en autor de los pasquines.
lo largo de las poco más de 200 páginas del libro, la apasionante historia de los pasquines es el vehículo conductor que nos permite conocer el pueblo y sus habitantes. Con ellos recorremos su presente y su pasado, la historia que permite entender lo que ocurre. Como siempre, García Marquez nos sumerge de forma mágica en un relato intemporal y ausente de linealidad: los personajes se mueven libremente en las líneas del espacio y del tiempo al servicio del lector y de la historia. La privilegiada brújula narrativa de Gabo nos orienta y nos ilumina. Se nota que es una de sus primeras novelas porque la telaraña aún es pequeña, aún había que esperar algunos años para que aparecieran las obras monumentales, a las que llegaremos también con estas relecturas. Pero a su debido momento. 
Siempre he visto a esta novela como la hermana pequeña y poco conocida de Crónica de una muerte anunciada. Veo en las dos al mismo Gabriel García Márquez. Veo y leo la misma atmósfera opresiva, los mismos habitantes que saben pero no saben (¿o es al revés?), veo al cronista disfrazado de escritor. 
Adoro la Mala Hora, adoro la edición de Mondadori (una de mis portadas favoritas) y adoro su contraportada, donde, como en todos los libros de esta edición, alguien decidió que no hay mejor reseña de un libro que el primer fragmento de la historia: 
 
 
 
"El padre Ángel se incorporó con un esfuerzo solemne. Se frotó los párpados con los huesos de las manos, apartó el mosquitero de punto y permaneció sentado en la estera pelada, pensativo un instante, el tiempo indispensable para darse cuenta de que estaba vivo, y para recordar la fecha y su correspondencia en el santoral. "Martes cuatro de octubre", pensó; y dijo en voz baja: "San Francisco de Asís".