lunes, 28 de septiembre de 2015

Pantaleón y las Visitadoras, Mario Vargas Llosa (Alfaguara)

Dicen que nunca es tarde si la dicha es buena, y acercarse a un novelista de los considerados eternos (sí, ese es el estado inmaterial que te otorga la concesión de un Premio Nobel) siempre merece la pena, al menos con el fin de poner en valor un galardón al que debo confesar con la boca pequeña que no forma parte de mis referencias de cabecera.
 
Dicho esto - sacrilegio para muchos - continúo con la confesión herética. Siempre he considerado a Mario Vargas Llosa como el escritor acomplejado de la generación de autores latinoamericanos de la segunda mitad del siglo XX que llevaron al cielo la literatura en español: Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Octavio Paz.. El acomplejado, el antipático, el altivo, el de menos talento.. El que, en definitiva, no encajaba.
Bueno, pues reconozco que esos prejuicios contra él carecían de un fundamento mínimamente artístico: porque eran precisamente esos mismos prejuicios los que me servían de excusa para no leerle. Y no, no sé explicarlo (o me avergüenza hacerlo) porque no, aún no había comenzado su aventura amorosa con Isabel Preisler (hecho que, por otra parte, me hubiera servido de coartada perfecta para mis prejuicios).

Y a estas alturas de la vida me propuse darme una oportunidad y reducir estas distancias con Don Mario, y he seleccionado un puñado de obras que iré leyendo alternándolas con mis lecturas habituales (y con ese otro proyecto no olvidado de releer a García Márquez). La primera de ellas es una de sus más populares novelas (probablemente no la más prestigiosa), Pantaleón y las Visitadoras, un clásico de la literatura latinoamericana al que me he acercado con interés y curiosidad.


Portada de Pantaleón y las Visitadoras

Pantaleón y las visitadoras cuenta la historia de Pantaleón Pantoja, un capitán intachable del ejército peruano al que se le encomienda una pintoresca misión: crear un servicio oficial de visitadoras (prostitutas) para satisfacer las necesidades de los soldados que prestan servicio en la Amazonía Peruana.
En un principio, Pantaleón, limpio y recto dentro y fuera del ejército, rechaza tan extraña propuesta. Pero es precisamente su rectitud la que le aboca a acatar la orden con absoluto rigor.  Tanto rigor que el servicio de visitadoras creado por Pantaleón acaba convirtiéndose en un éxito absoluto y pronto los destacamentos militares de medio Perú requieren sus servicios.
 
La misión, llevada en secreto por Pantaleón con respecto a su familia, pronto tendrá consecuencias en su vida, en sus firmes principios, en su carrera militar y en su propia conciencia.
 
Quizás he pecado de explícito resumiendo la novela (al menos más de lo que habitúo), pero es la mejor forma que encuentro de transmitir la sencillez y la ingenuidad (en el mejor de los sentidos) de la novela. Pantaleón y las Visitadoras es una entrañable fábula moral sobre la quebrantable rectitud humana, sobre la relatividad de los valores que rigen nuestras vidas, sobre las contradicciones de las decisiones que nos vemos obligados a tomar.
 
La novela goza además de un sano sentido del humor y de una narrativa exquisita. La forma de narrar por parte del autor es cercana y paternalista hacia los protagonistas, Pantaleón y Pochita, su esposa. Me gusta la forma en que Mario Vargas Llosa envuelve de cariño a sus personajes, nos transfiere de alguna manera la responsabilidad de protegerles, o al menos de acompañarles y cuidarles de cerca con nuestra lectura.
 
Y bajo estas primeras capas narrativas, de la novela subyace una ácida crítica al ejército peruano de la época, su voracidad sexual sin escrúpulos y salvaje que les hace incompatibles con el entorno que les rodea y que obliga a institucionalizar un "ejército de visitadoras" que proteja de forma indirecta a las mujeres civiles.
 
 
El balance de la lectura ha sido positivo, pero he de decir que el libro me ha dejado la sensación de haber leído una novela de iniciación (es de las primeras novelas del autor) y que me esperan mejores experiencias con otros libros suyos. Esperando están Conversación en la catedral, La fiesta del chivo, Travesuras de la niña mala, La guerra del fin del mundo, de las que espero una experiencia más rica y compleja. Pantaleón y las visitadoras, siendo una gran novela que podría clasificar entre las grandes de lo que entiendo como literatura popular, no me encaja por sí sola en el contexto de una obra narrativa merecedora de un Premio Nobel.
 

Mario Vargas Llosa

 
Os animo a que, como yo con Mario Vargas Llosa, enterréis vuestros prejuicios y os animéis a leer a ese autor que siempre se os ha atragantado, aquel que al oírle hablar o simplemente al leer sobre él pensáis que no merece la pena ser leído. En mi caso, asumo el error y prometo cometerlo en el futuro lo menos posible. Aunque para ello tenga que evitar portadas del Hola en la peluquería de mi barrio. Bienvenido a mi biblioteca Don Mario.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Lo que no está escrito, Rafael Reig (Tusquets)

Tras un pequeño traspiés de bloguero novato (una publicación fantasma, una semana sin publicar) hoy vuelvo a escribiros con el entusiasmo de un descubrimiento. Y esta vez no puedo atribuirme ningún mérito: no se trata de un autor desconocido, ni siquiera de un escritor maldito, olvidado por su generación y ninguneado por la crítica (aunque algo de maldito sí puede que tenga). Es el mismísimo Rafael Reig.
Después de haber leído Lo que no está escrito, su penúltima novela (publicada en 2012) no dejo de preguntarme cómo había podido cometer el terrible error como supuesto amante de la literatura de no acercarme a Rafael Reig. Ahora, tras la consumación del acto, no lo concibo. Rafael Reig se me ha revelado como un escritor sobresaliente y esta novela se ha convertido en el acto en uno de los mejores libros que he leído este año.



Portada de Lo que no está escrito

Lo que no está escrito nos cuenta la historia de Carlos, padre divorciado, que se dispone a pasar un fin de semana de excursión con su hijo Jorge. Al recoger a Jorge en casa de Carmen, su ex mujer, Carlos deja olvidado (de manera probablemente intencionada) el manuscrito de una novela, Sobre la mujer muerta, que Carmen no puede evitar comenzar a leer.
A partir de ahí comienza la narrativa a tres voces de Reig:
En primer lugar, somos testigos de la excursión de Carlos y Jorge, en la que poco a poco se nos revela una relación difícil y deteriorada con el paso del tiempo. Carlos no parece haber sido un padre ejemplar y con Jorge en plena preadolescencia los problemas ya existentes de comunicación se acrecentan. Además, para Carlos es inevitable proyectar en Jorge parte de los sentimientos negativos que tiene hacia Carmen.
Por otro lado, también seguimos los pasos de Carmen durante ese fin de semana. A las inseguridades que le rodean alejada de su hijo (y estando éste con su padre, del que sólo ve sombras) se une la lectura absorbente del manuscrito de Carlos. Carmen cree leer en el libro (una novela negra con un secuestro como centro de la historia) una medio de Carlos para revelarle algo: ¿sus intenciones ese fin de semana? ¿lo que nunca se ha atrevido a contarle? Para Carmen, la novela adquiere muchos más significados de los que aparentemente tiene, y acaba por decirle más de lo que el propio texto contiene. Como se puede leer en la novela, uno se acaba delatando con lo que interpreta sobre lo que no está escrito, por lo que la novela de Carlos acaba por convertirse en juego de luces y sombras donde uno cree ver en ocasiones al propio Carlos y en otros momentos lo que se atisba es el propio reflejo de Carmen a través del libro.
Y por último, está la novela, reproducida para nosotros, lectores de la historia en la que ese otro libro existe (y sólo existe en ella). Ahí la tenemos, sin el filtro de Carmen, abierta de par en par para nosotros para que saquemos nuestras propias conclusiones. O para que la disfrutemos sin más. Novela dentro de la novela, ese bendito placer.


Rafael Reig
No hace falta que os diga que el libro me ha fascinado. La narrativa de Reig es de altura, consiguiendo salir airoso de una historia poliédrica y difícil, donde la fina línea que separa la ficción de la realidad (la realidad entendida como realidad impuesta por la ficción) desaparece por momentos.

La historia es demoledora y nada condescendiente con el lector. Uno siente en mitad del libro que cualquier cosa puede pasar, que estamos en manos del autor y que no va a tener reparos en dejarnos tirados en la cuneta si soñamos con finales felices.
El libro retrata crudamente algunos asuntos como la comunicación, las relaciones paterno filiales desde el punto de vista del padre no ejemplar (quién se atreve a autodenominarse como tal), o la violencia como medio de expresión. Pero sin duda lo que me fascina del libro es esa novela, epicentro de la historia, su simbolismo, o el que Carmen - la lectora en la novela - le otorga. Esa metaficción tiene tantas posibilidades que no se si Rafael Reig es capaz de explotarlas todas. Es una experiencia que para un escritor debe ser doblemente difícil: escribir una novela dentro de otra (dos en realidad), y que parte de su novela principal consista en diseccionar, criticar, analizar con lupa su novela secundaria. Aunque hay numerosos precedentes en la historia de la Literatura, Reig ha conseguido transmitirme con este libro la sensación de la primera experiencia.
No me cabe ninguna duda. Me uno al club de incondicionales de Rafael Reig, a la lectura de su último libro - Un árbol caído - del que me han hablado maravillas, a su columna en el eldiario.es y a su imprescindible Hotel Kafka, ese espacio multicultural irrepetible y único donde sueñan y aprenden tantos futuros buenos escritores.






lunes, 7 de septiembre de 2015

Relecturas (VI): Releyendo a Gabriel García Márquez. Los funerales de la Mamá Grande

Nuestro repaso por la obra de Gabriel García Marquez nos lleva esta vez a Los funerales de la Mamá Grande, uno de sus primeros libros de cuentos, y la segunda obra tras La Hojarasca, en la que nos encontramos con Macondo, ese lugar a medio camino entre lo real y lo imaginado que para la historia de la literatura representa uno de los universos literarios geográficos imprescindibles. 
 
 

Cinco años después, el autor publica Cien años de soledad, con Macondo como escenario de, con permiso de nuestro querido Quijote, la historia escrita en español más grande jamás contada.

En los ocho cuentos que conforman Los funerales de la Mamá Grande pueden verse los cimientos del Macondo que más tarde conocemos por Cien años.. Más que los personajes (los Buendía son mencionados en varios relatos) lo que reconocemos de Macondo es (no se si sabré explicarlo) esa extraña lógica que rige los destinos de sus habitantes, es esa extraña sensación, entre lo apacible y a la vez opresivo, de que en Macondo habita el mundo entero. 

Eso que logra García Márquez es lo que hace que su obra habite en los altares de la literatura: hacer de Macondo un lugar reconocible sea cual sea la procedencia del lector. Porque en Macondo habita lo más profundo del ser humano, lo que nos hace iguales y diferentes al mismo tiempo: la tiranía del cacique, la bondad de la gente buena y la maldad de la gente mala, la paciencia del perseverante, la resignación del humilde, la esperanza de lo que está por venir, y sobretodo, la confirmación de que lo que pasará ya ha pasado y, bueno o malo, estamos condenados a volver a vivir.

La verdad es que siempre me ha costado encontrar el tan renombrado "realismo mágico" en las novelas de Gabriel García Márquez, porque lo que encuentro en sus obras es realismo, desnudo y atemporal, pero realismo sin más.

Aunque los ocho relatos son perfectos, me quedo con el último, que da título al libro, en el que se nos cuenta el majestuoso funeral de la Mamá Grande, dueña y señora de todo lo tangible e intangible de Macondo. En las páginas de este cuento reside toda la literatura del genio, la que aún esperaba a ser escrita. Rescato el fragmento en el que la Mamá Grande, en las puertas de la muerte, reparte sus bienes no materiales:

"Sólo faltaba, entonces, la enumeración minuciosa de los bienes morales. Haciendo un esfuerzo supremo —el mismo que hicieron sus antepasados antes de morir para asegurar el predominio de su especie—la Mamá Grande se irguió sobre sus nalgas monumentales, y con voz dominante y sincera, abandonada a su memoria, dictó al notario la lista de su patrimonio invisible: La riqueza del subsuelo, las aguas territoriales, los colores de la bandera, la soberanía nacional, los partidos tradicionales, los derechos del hombre, las libertades ciudadanas, el primer magistrado, la segunda instancia, el tercer debate, las cartas de recomendación, las constancias históricas, las elecciones libres, las reinas de la belleza, los discursos trascendentales, las grandiosas manifestaciones, las distinguidas señoritas, los correctos caballeros, los pundonorosos militares, su señoría ilustrísima, la corte suprema de justicia, los artículos de prohibida importación, las damas liberales, el problema de la carne, la pureza del lenguaje, los ejemplos para el mundo, el orden jurídico, la prensa libre pero responsable, la Atenas sudamericana, la opinión pública, las lecciones democráticas, la moral cristiana, la escasez de divisas, el derecho de asilo, el peligro comunista, la nave del estado, la carestía de la vida, las tradiciones republicanas, las clases desfavorecidas, los
mensajes de adhesión. No alcanzó a terminar. La laboriosa enumeración tronchó su último viaje. Ahogándose en el maremágnum de fórmulas abstractas que durante dos siglos constituyeron la justificación moral del poderío de la familia, la Mamá Grande emitió un sonoro eructo, y expiró."

Adentrarse en estos maravillosos ocho cuentos es una forma perfecta de recorrer de nuevo los paisajes de Macondo, y de, utilizando estos libros a modo de prólogo, plantearse de nuevo la lectura de Cien años de soledad. Yo ya he decidido repetir la experiencia, y la compartiré aquí con vosotros.

Porque si aún no la has leído, te invito a que lo hagas con la seguridad del que haciéndolo serás más feliz.