lunes, 31 de agosto de 2015

El Marciano, Andy Weir (Ediciones B, Colección Nova)

 

 
Aunque no soy un asiduo lector de literatura de ciencia ficción, es un género que me interesa y en él reconozco características que le convierten en un tipo de literatura único y con un público lector militante y fanático. Una de estas características es, a través de futuros imaginados, poder fabular con el presente, con la libertad que te permite recrear lo que está por venir. Es en este contexto donde encontramos uno de mis subgéneros favoritos dentro de la literatura de ciencia ficción: la de los futuros distópicos; aquellos que imaginan un futuro (a veces cercano) a través de pinceladas deformes de nuestra realidad. Novelas como 1984, Un mundo feliz, Fahrenheit 451 o ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? son ya clásicos maravillosos de la literatura, en los que, a través de futuros imaginados, se nos muestran algunos de los miedos intemporales del ser humano: la falta de libertad, la perversión de la tecnología, la aparición de máquinas superiores en inteligencia a los hombres.. Es espeluznante descubrir cómo libros de ciencia ficción escritos hace décadas han sido superados ampliamente por el futuro que llegó (nuestro presente actual). 

Aunque no pueda ser considerado en el subgénero de futuros distópicos, El Marciano me ha dejado por momentos sensaciones vagamente parecidas. Imaginemos un futuro donde el hombre ya ha llegado a Marte. Las primeras expediciones al planeta rojo han sido un éxito. Hasta dos viajes han permitido que un puñado de astronautas hayan podido pisar suelo marciano. Mark Watney, junto con otros cinco astronautas,  forma parte del tercer viaje. Pero poco antes del regreso previsto, una tormenta inesperada de polvo obliga a una evacuación precipitada del planeta. Y a Watney no le es posible huir con sus compañeros. Se queda atrapado en Marte, sólo, sin esperanzas de vida.

Este es el prometedor comienzo de El Marciano. Mark Watney nos relata en primera persona a través de un diario, su vida en Marte tras la catástrofe que supone para él quedarse sólo. A partir de ahí, su diario se convierte en testigo de su modo de supervivencia, de su ingenio, de sus cábalas sobre lo que de él se sabe en la Tierra. 

Pero no sólo tenemos su diario. En medio del relato de Watney aparecen otras narraciones que completan la historia: el relato de lo que sucede en la NASA mientras Watney trata de sobrevivir en Marte, el punto de vista de los cinco compañeros que sí lograron escapar de Marte, y por último, fragmentos que a modo de crónica nos aclaran, como si de un espectador imparcial se tratara, algún episodio vivido por Watney y que sus circunstancias le impiden comprender en el momento en el que suceden.

Se trata de un libro apasionante por momentos. Sufrimos con Watney en su particular "naufragio" en Marte, nos alegramos de sus éxitos por sobrevivir y nos desesperamos con él con sus tropiezos. Y sobretodo, nos vemos atrapados en una historia en la que necesitamos conocer el final, tan imprevisible que nos mantiene paralizados durante todo el libro.

Si tengo que poner un pero a El Marciano, es por algo de lo que ya estaba advertido, y que todo hay que decirlo, resta un poco de brillantez a la novela (al menos desde mi experiencia lectora): el libro contiene demasiado contenido científico. Tanto detalle, tanta explicación, tanto razonamiento, requiere ciertos conocimientos (no elevados, pero sí nociones básicas) para no perder el interés en algunos momentos. A veces el libro parece un tratado científico de supervivencia en Marte, y esto en mi opinión no le hace
bien al conjunto del libro, que tiene otras cualidades que a veces quedan ocultas por este exceso de rigor científico.

No obstante El Marciano me parece un gran libro, que ha conseguido agitar la literatura de Ciencia Ficción. Es un libro inicialmente autoeditado en Amazon por su autor, Andy Weir, y se ha convertido con el tiempo en uno de los libros más leídos de los últimos años. Hasta Hollywood se ha fijado en la historia y se espera película dirigida nada menos que por Ridley Scott y protagonizada por el cada vez más interesante Ben Affleck.
 
Andy Weir
Termino con el buen sabor que me ha dejado el libro. Decía que si bien no podemos hablar de distopía, en la historia de Watney encuentro sensaciones de otros relatos que nada tienen que ver con la ciencia ficción. En Watney siento la soledad del náufrago, la fe del prisionero atrapado sin esperanza, la sensación de lo ridículo que es sentirse demasiado importante en este universo cuya inmensidad nos hace obscenamente irrelevantes.

El Marciano, como las grandes novelas de futuros distópicos, nos hace reflexionar, tasladándonos en el tiempo y en el espacio, sobre lo que tenemos cerca. Mucho más que otros relatos aparentemente más realistas. 

Esa es en definitiva, y no otra, la magia de la Ciencia Ficción.

lunes, 24 de agosto de 2015

Suicidio, Edouard Levé (451 Editores)


Los libros nos regalan a veces mágicas cadenas de lectores que nos ofrecen hallazgos impagables. Llegué a este libro y a este autor a través de una buena amiga, recomendada a su vez por Carlos Pardo (del que hemos escrito aquí en su faceta de novelista), cuando éste trabajaba como librero en la librería Antonio Machado (templo adorable de la literatura madrileña). Indagué sobre el autor y leí este artículo de El País donde se hablaba de su vida y de su obra, trágica y necesariamente ligadas.

Edouard Levé escribe Suicidio en el año 2008, con 44 años, tras varias incursiones en otras disciplinas artísticas -especialmente destacable su obra pictórica y fotográfica- y 3 años después de su libro Autorretrato, obra autobiográfica donde revela en primera persona el universo que le define y le rodea: sus miedos, sus filias y sus fobias, sus obsesiones y rasgos más extravagantes de su personalidad. Se trata de un tratado que disecciona sus propósitos vitales, una magnífica carta de presentación para entender al hombre y al artista.
Portada de Suicidio
 

Suicidio podría considerarse una obra de ficción no autobiográfica. Se trata de una obra epistolar donde el autor, utilizando la segunda persona, se dirige a un amigo que acaba de suicidarse. Entabla con él un diálogo imposible (su interlocutor ya está muerto) y a través de esa conversación nos sumerge en la vida del difunto en una suerte de guía de entendimiento del suicidio. Es un acto valiente y poco habitual, aquél que consiste en entender al que de forma voluntaria decide acabar con su vida. En este recorrido, paradójico y por ello doblemente desgarrador, conocemos a una persona con motivos para la vida, conocedor de dichos motivos, y que a la vez va conociendo a lo largo de su vida que su relación de apego a la vida le une de una manera inequívoca con la muerte, como si su recorrido vital fuese un camino de autoconocimiento hasta llegar a una muerte prevista y voluntaria. No hay nada más sobrecogedor e incomprensible que comprender cómo alguien ha sido capaz de convivir conscientemente con la posibilidad y la decisión de quitarse la vida.
Pero la consideración como obra de ficción pierde todo su sentido con lo sucedido en la vida real: tres días después de entregar el manuscrito del libro a su editor, Edouard Levé se quita la vida. Entonces la obra cobra otro sentido, ya que ese amigo de ficción se convierte en él mismo, y el diálogo con otra persona se transforma en realidad en un diálogo consigo mismo. El libro se convierte de nuevo como en Autorretrato en un tratado autobiográfico donde ya se sitúa en un punto temporal que aún no ha sucedido, aquél en el que él ya ha muerto. ¿ficción o no ficción? Probablemente los hechos sobrepasan con creces la posibilidad de reflexionar sobre esta pregunta. Se trata de un ejercicio literario de metarrealidad inédito, donde ya se está contando lo que el autor sabe que va a suceder.
Edouard Levé

Tal y como puede leerse en el artículo de El País, el editor de Levé ya vio algo extraño en el libro que el escritor le estaba entregando, incluso llega a preguntarle si piensa suicidarse, sospechando que la obra no es un ensayo sobre la muerte voluntaria sino una carta de despedida del propio autor.

Se ha escrito mucho sobre el autor y sobre el libro. ¿Fue su suicidio un acto de culminación de la obra total, algo tan buscado por artistas de todo tiempo y lugar? Lo que puedo deciros es que la lectura de Suicidio es una experiencia perturbadora y única, difícil y a ratos desagradable, y en todo caso produce intensas y complejas sensaciones. Me parece una lectura necesaria para completar todo el abanico literario del lector ávido y curioso que busca permanentemente nuevas fronteras artísticas, aunque no recomiendo el libro a lectores con almas sensibles, porque la experiencia puede no ser agradable.
Literariamente el libro tiene muchas cualidades de estilo y lenguaje, consigue atrapar al lector con una narrativa directa e hipnótica. Pero no cabe duda que el libro no es analizable sin todo el contexto que le rodea, lo que le convierte en mucho más que un simple libro.
Os invito a que leáis Suicidio y viváis vuestras propias sensaciones. Si decidís no hacerlo, reflexionad sobre el debate que suscitan este tipo de obras, donde realidad y ficción están necesariamente unidas, donde, como hemos comentado en otras ocasiones, la ficción es la mejor manera que encuentra el artista de acercarse a la realidad, dejando en ridículo a la ortodoxa y comercial dualidad ficción-no ficción.

lunes, 17 de agosto de 2015

La golondrina negra. Sissel-Jo Gazan (Alfaguara)

Una novela científica contemporánea.

Sissel-Jo Gazan es de origen danés y doctora en biología que se ha reconvertido en escritora. Reconoce atraerle la ciencia, los secretos de familia y la ficción criminal y así lo traslada a esta segunda novela.




Un reconocido profesor del departamento de Inmunología de la universidad aparece ahorcado en su despacho. Al detective Soren Marhauge a quien acaban de ascender le asignan el caso.  En apenas seis meses había pasado de ser el comisario más joven de toda Dinamarca a ser el Jefe Superior adjunto de policía más frustado, desconocía la sobrecarga de papeleo adjunta al puesto de “Jefe de …”. Además, la comisaría y el instituto forense no dan abasto con un violador que anda suelto y día sí, día también, aparecen chicas violadas y asesinadas por el centro de la ciudad. Con tal punta de trabajo, sin informe forense definitivo y en base a una carta de despedida de dudosa procedencia, su compañero Henrik parece aprobar la hipótesis del suicidio del profesor Kristian Storm.

Soren, en un plena crisis profesional, decide tomarse una excedencia e investigar por cuenta ajena.  El reconocido profesor, muy querido por sus alumnos y de reconocido prestigio internacional estaba a punto de desenmascarar y poner el jaque a la industria farmaceútica por sus cuestionables programas inmunológicos en países del tercer mundo. ¿Y justo ahora se suicida?

La mejor alumna del profesor, Marie Skov lo tiene claro, Storm no se suicidaría a las puertas de revelar el mayor descubrimiento de su carrera. La novela se pone interesante cuando a Soren se le cruza el caso del suicidio de la madre de Marie Skov, que casualmente eran vecinos cuando niños. Dos suicidios, Marie como punto en común en ambos casos, dos tramas estrechamente relacionadas que hasta las 30 últimas páginas no se conoce su desenlace.

Sissel-Jo Gazan


La autora consigue de una forma sencilla que comprendamos el trabajo del profesor en la materia de inmunología y nos sumerge en las luchas políticas de la industria farmacéutica. Otros temas son las rivalidades de los alumnos por conseguir una publicación para sus tesis doctorales, cómo sobre llevar el cáncer como enferma, familia o pareja, y los secretos de familia.


Un thiler interesante, ameno que mantiene el suspense hasta el final.

lunes, 10 de agosto de 2015

La trabajadora, Elvira Navarro (Literatura Random House)

 
Después de leer La trabajadora, la hermosa y perturbadora última novela de Elvira Navarro, me ha sido inevitable reflexionar acerca del sentido que la literatura tiene para mí.

Portada de La Trabajadora
Si tengo que describir lo que significa para mí la buena literatura (o la Literatura sin más, aquella que merece esa denominación con mayúsculas), lo haría como aquella en la que el autor entrega parte de sí mismo para depositarlo en su obra. Se trata de un acto que supone un sacrificio, no siempre (aunque muchas veces) doloroso, que impregna a su creación de parte de sí mismo. La obra adquiere por tanto la forma del autor, y se convierte una vez consumada en una parte indisoluble del escritor: la obra no puede entenderse sin el autor como tampoco el autor puede interpretarse completo sin el apéndice que supone a partir de ese momento su obra para él.
 
En realidad creo que esta forma de interiorizar una obra es válida para cualquier acto de creación, ya que toda manifestación creativa supone una entrega y por tanto una forma de destrucción (algo deja de ser para convertirse en otra cosa).
 
No me es difícil encontrar ejemplos inequívocos de esta manera de entender la literatura: Es imposible leer Crimen y Castigo sin adivinar la dolorosa conciencia que su autor ha depositado en la obra, El Quijote es Don Quijote pero también es Cervantes y nada más que Cervantes - y es fácil imaginar que la obra no es más que la traslación de todos los fantasmas del escritor en su novela, Delibes es Los Santos inocentes o Las Ratas, o buscando el reverso positivo de esta mirada, Cien años de soledad contiene la belleza y el color de la mirada de García Márquez.
 
¿Dónde no encuentro estas huellas de gran literatura? Pues, y pido perdón por adelantado, donde no encuentro las marcas del autor en las páginas de un libro, donde las palabras suenan huecas, mudas y vacías. Donde, en definitiva, no consigo ver ningún acto generoso de entrega y sacrificio. Porque la magia de un lenguaje bello, de una historia que te eleva o de una relación cómplice entre escritor y lector sólo nace de ese acto único y nunca repetible que supone escribir una novela ajena al paso del tiempo y las modas. Y no encuentro todo esto en Carlos Ruiz Zafón, en mi paisana María Dueñas, en Pérez Reverte, en Ken Follet, en Dan Brown o en las miles de sombras tenebrosas de Gray. Ya pedí perdón al principio: esto, señores, no es literatura.
 
Y que quede claro, no estoy excluyendo de la condición de Literatura a las novelas concebidas para el más puro entretenimiento. Porque no estoy hablando de entretener (como si las grandes novelas no tuvieran esa virtud) ya que también encuentro esas huellas de las que hablaba antes en grandes novelas de entretenimiento (hablaremos despacio de ellas algún día).

Como tengo la sensación de haberme ido por las ramas, recupero la novela de Elvira Navarro.



Elvira Navarro



La trabajadora nos cuenta la historia de Elisa, cuyos ojos observan con inquietud perturbadora a su compañera de piso, de la que poco sabe, o de la que le gustaría conocer mucho más. A través de Elisa la autora adentra al lector en el complejo mundo de la enfermedad mental. No como estigma, no desde la distancia, tampoco desde la cercanía obscena e incómoda. La enfermedad como freno añadido a la difícil supervivencia en nuestro mundo actual, a través de un paisaje urbano, triste y contemporáneo. La ciudad se nos presenta también a través de los ojos de Elisa: Madrid, ciudad fronteriza de sí misma. Así, la locura adquiere con la ciudad tonos metafóricos: la ciudad que nunca termina, recorrida a pie, o en autobuses con escalas interminables, recorridos circulares y obsesivos, nostalgia de antiguos paisajes que se adivinan a través de sus ruinas.
 
Contar una historia a través de la relación de su protagonista con la ciudad y sus recorridos puede parecer frío pero es paradójicamente cercano y sobrecogedor. Nos hace reflexionar sobre lo cerca que nos encontramos los unos de los otros, nos permite intuir las redes invisibles que nos unen.
 
Como decía al principio, Elisa sabe poco de su compañera de piso, poco de su presente, casi nada de su futuro. No nos hace falta porque nosotros - los lectores - sí conocemos su historia desde el principio. También es una historia gris, protagonizada por un trastorno mental. Dos historias que se unen y que conforman un espejo con dos caras, que sólo devuelve el reflejo del lado desde el que se mira.
 
Elvira Navarro consigue atrapar al lector en una historia sobre la vida en la que los personajes - como en la vida - destilan una realidad áspera e imperfecta, algo tan alejado normalmente de las novelas, donde los protagonistas se ven despojados de complejidades que puedan incomodar al lector. No es difícil imaginar lo que ha supuesto escribir esta novela a la autora: el dolor se transmite y se comparte a través de las palabras.
 
Novelas como La trabajadora nos hacen mantener la esperanza por un futuro literario prometedor. Tan necesario como urgente. Puedo afirmar que este blog está siendo testigo de ese futuro que ya se adivina en el presente. Rafael Chirbes, Sara Mesa, Isaac Rosa, Belén Gopegui, Marta Sanz, Pablo Gutiérrez. Elvira Navarro. Novelas que respiran, que nos remueven y que nos conciencian. Y sí, por supuesto, también nos entretienen. Por eso nos entusiasman y las ubicamos en los lugares más apreciados de nuestras estanterías.

El viaje a pie de Johann Sebastian, Carlos Pardo (Periférica)


Tenía unas ganas enormes de conocer la obra de Carlos Pardo, autor del que había leído maravillas de sus dos obras narrativas, Vida de Pablo y esta El viaje a pie de Johann Sebastian, su última novela, magnífico título que hace referencia al viaje que J.S.Bach realiza a pie a lo largo de más de 200 kilómetros al encuentro de su maestro, al que aspira suceder. Fue una de mis adquisiciones en la feria del libro y una de las más gratas una vez leída.
 

Portada de El viaje a pie de Johann Sebastian
 
El libro es una peculiar autobiografía del autor. Peculiar por la utilización de un estilo único y sorprendente: sin orden cronológico, utilizando la anécdota como hábil recurso narrativo, en el que las historias se entrelazan, se superponen, se interrumpen unas con otras como los recuerdos en nuestra vida. Es, en definitiva, la manera más real con la que cualquiera de nosotros recuerda su propia vida, con recuerdos que nos recuerdan a otros recuerdos, experiencias que rememoran nuestro pasado y revelan nuestros previsibles destinos. Carlos Pardo se aleja de esta forma de la ortodoxa manera de afrontar las autobiografías, pausadas y artificialmente cronológicas. Su elección, paradójicamente, dota al relato de la frescura y libertad que habitualmente tienen las novelas de ficción, donde la realidad se construye y se muestra al antojo del escritor para guiar al lector a través de la trama pretendida. Ese es el principal mérito del libro, hacer parecer ficción lo que no lo es. Hace poco Javier Cercas escribía en El País en el artículo Historias de una historia: "la verdad tiene estructura de ficción" y "como en la buena literatura, nada suena a literatura, todo suena a verdad". Lo escribía hablando de También todo pasará, de Milena Busquets, de la que también hemos escrito aquí, pero sus palabras describen a la perfección lo que he sentido al leer el libro de Carlos Pardo.
El viaje que hace Bach para encontrarse con su maestro, se convierte, en un capítulo intermedio y aparentemente independiente del relato principal, en una metáfora de la búsqueda de lo soñado, de las decepciones que a menudo acompañan a los grandes objetivos, y de la necesidad de convertir el camino de esa búsqueda en el verdadero fin, más que el propio fin.
El viaje a pie de Johann Sebastian es literatura de verdad, desnuda y sincera, sorprendente y a la vez familiar, porque nos muestra que somos lo que somos por lo que queremos y lo que odiamos, siendo estos sentimientos muchas veces dos caras de una misma moneda.
 


Carlos Pardo

Deseo leer con urgencia Vida de Pablo, su primera novela, así como la obra poética del autor, revelada tímidamente en la novela y que ha despertado en mí un enorme interés.
La novela me ha servido también para descubrir a Periférica, una editorial interesante, que cuida sus obras publicadas con el mimo de los que saben que publican obras que merecen ser descubiertas. Tened por seguro que seguiremos hablando de esta editorial en nuestro blog.




lunes, 3 de agosto de 2015

Historia de un idiota contada por él mismo, Félix de Azúa


He de reconocer que no me gusta escribir sobre un libro que no me ha gustado. Desvirtúa el propósito de este blog, que siempre ha pretendido ser un incentivo al placer que supone disfrutar con un buen libro.


Durante estos meses hay libros que se quedaron fuera del blog por este motivo, ya que, si bien es un placer compartir una experiencia placentera con un libro con el ánimo de que otros vuelvan a vivir lo mismo en el caso de una lectura fallida, al que escribe le asaltan las dudas sobre los motivos de su desencuentro con el libro en cuestión. Lo sencillo es atribuirle la responsabilidad del fracaso al autor, considerando que su obra no tiene el nivel o la calidad suficiente esperada. No obstante, si somos realmente justos, debemos asumir que nuestra condición de lectores (y en este caso de críticos aficionados) no nos otorga el poder (y menos si somos críticos aficionados) de representar a la masa lectora y juzgar de forma tan categórica el valor de un libro.

Desde este blog, tras una sosegada reflexión, consideramos justo situarnos en un punto medio: si bien no representamos a todos los lectores, representándonos a nosotros mismos estamos representando a los lectores que se sienten identificados con nosotros. Sería injusto eludir esta responsabilidad, porque si así fuera también deberíamos tener dudas cuando recomendamos de forma entusiasta un libro. ¿no es la lectura sino una experiencia personal con un escritor a través de la máxima expresión de comunicación escrita que representa un libro? Escribir sobre un libro es hacerlo sobre esa experiencia personal, y las reseñas positivas alcanzan verdadero valor si (y sólo si) el crítico afronta y comparte sus experiencias negativas.


Esta reflexión sirve de prólogo a la crítica del último libro que he leído, Historia de un idiota contada por él mismo, del escritor, columnista y académico Félix de Azúa, cuya obra tenía muchas ganas de conocer.



El libro es una suerte de autoficción (que supongo inventada) sobre las experiencias de un joven que basa su periplo vital en la búsqueda de la felicidad, concebida ésta no como un propósito en sí mismo sino como una forma de supervivencia. Vivir es para el narrador un lugar donde la felicidad es una imposición, y alejarse de la misma supone acercarse a la infelicidad (curioso, a través de la propia infelicidad). Paradójicamente esa búsqueda de la felicidad a toda cosa (y de la propia felicidad una vez encontrada) llena a veces de sinsabores al protagonista de la historia, esclavo de esa permanente búsqueda.
El libro está escrito en primera persona y podría categorizarse como un ensayo autobiográfico salpicado de reflexiones filosóficas. Impecable en la forma, el fondo (la historia) ni convence ni engancha en exceso. El leitmotiv de la narración enseguida se me antoja agotado y su repetición forzada y recurrente a lo largo del libro me hastía y me aburre. No en vano, de no ser por la brevedad de la novela, es probable que hubiera optado por el abandono (amenaza que sobrevoló permanentemente durante la lectura del libro).
Félix de Azúa
Siempre es un fracaso acabar así un libro, sobre todo si su lectura era la carta de presentación para el lector de un escritor al que apetecía conocer. He de reconocer que no comparto muchas de sus columnas de opinión que actualmente escribe en el diario El País (os enlazo un ejemplo reciente) pero éste no me parecía un motivo para renunciar a conocer a un autor de los considerados relevantes en la literatura española actual. Lamentablemente no ha sido un encuentro satisfactorio.
Concluyendo la crítica y abogando por la coherencia manifestada en la primera parte del artículo, no os animo a leer Historia de un idiota contada por él mismo, ni os animo a conocer la obra del autor. La vida es corta y los libros apasionantes por descubrir son casi infinitos.

La torre herida por el rayo, Fernando Arrabal (Destino)

 
Tenía una deuda pendiente con Fernando Arrabal. Autor imprescindible para entender la literatura y el teatro -sobre todo el teatro - español del siglo XX, había sido olvidado por completo en mis más de tres décadas de experiencia lectora.
 
Curioso caso el de Arrabal, porque me consta que mi olvido no es un hecho aislado. Conozco a muchísimos buenos lectores que no han leído a Arrabal. Tampoco en el instituto (y eso que yo pertenezco a la generación supuestamente privilegiada de los 70-80, donde todavía había profesores que transmitían su pasión por la literatura, esos maestros que conforman una especie en extinción) me fue descubierto este autor, a pesar de que la trascendencia de su obra parecía merecer tal mérito.
 
Parece ser el de Arrabal uno de tantos casos en el que no se es profeta en su tierra y sólo recibirá los honores recibidos dentro de muchos años, cuando ya no esté entre nosotros. Honores, por cierto, de los que ya ha disfrutado en Francia, donde se le considera una eminencia, habiendo recibido la Legión de Honor, máxima distinción en el país.
 
 
Nunca es tarde si la dicha es buena, así que he decidido conocer la obra del autor. He comenzado por una de sus novelas más célebres, ganadora del Premio Nadal en 1982, La torre herida por el rayo.
 
Portada de la editorial Destino de La torre herida por el rayo

La temática de la novela me atraía enormemente. Se trata, según rezaba la sinopsis, de una historia de intriga y pasiones entre dos jugadores alrededor de una partida de ajedrez.
 
Efectivamente, y de forma muy sintética, de eso trata la historia. Elías Tarsis y Marc Amary se enfrentan por el campeonato del mundo, que tiene lugar en París, a una partida de ajedrez que es, por muchas razones, y más allá de la importancia de la propia partida, mucho más que una simple partida.
 
Porque tanto Tarsis como Amary despliegan todo lo que son y todo lo que han sido en la vida en el tablero. Porque son mucho más que enemigos, son antagónicos en muchos aspectos: Tarsis es impulsivo, creativo e imperfecto (e impreciso), mientras que Amary es calculador, analítico y con un razonamiento de naturaleza eminentemente matemática; ambos con oscuro pasado (que sale a la luz en las mentes de los jugadores a lo largo de la partida) Tarsis se presenta como hombre bueno y con sentido de la justicia, mientras que Amary vendría a representar al criminal, a la maldad como concepto (¿es realmente así o es lo cómodo como lectores y como espectadores de esta apasionante partida?).
 
Esta guerra cruenta entre dos enemigos irreconciliables se representa en sus mentes (somos testigos de todo lo que pasa por sus cabezas), fuera de la partida (en una trama apasionante y cargada de intriga que prefiero no desvelaros), en sus pasados (que se nos presentan como otra guerra paralela donde ninguno sale bien parado) y en el propio tablero de juego (no olvidemos que todo se desarrolla durante la partida).
 
Aunque no es necesario tener conocimientos ajedrecísticos para leer la novela, si se poseen se disfruta muchísimo más, porque la partida, entremezclada en la novela, se nos muestra jugada a jugada de principio a fin, lo que supone un auténtico placer para el lector iniciado. Cada movimiento, cada error o cada intención se nos muestra como una forma de jugar pero también como una forma de vivir y de entender la vida. Como dijo Bobby Fischer interpelando a alguien que dijo que "el ajedrez es como la vida": "el ajedrez es la vida".
 
Hacía mucho que no disfrutaba de una manera tan total una novela: divertida, enriquecedora, profunda, compleja y a la vez simple (está llena de dobles lecturas), costumbrista (veo reminiscencias del mejor Baroja), pero también provocadora y radical.
 
 
Me reafirmo en lo que escribía al principio: Era necesario saldar esta deuda con la obra de Fernando Arrabal. Aún, con la novela ya terminada, me parece increíble no haber disfrutado antes de ella.


Fernando Arrabal
 
Termino recomendándoos encarecidamente la lectura de La torre herida por el rayo, en el caso de que no la hayáis leído, ya que si lo habéis hecho os parecerá una recomendación obvia.
 
Como os podéis imaginar, seguiré explorando en la obra del autor y os lo contaré en el blog. De momento, me he hecho con otros dos libros que estoy deseando leer: una compilación de sus primeras obra de teatro (Picnic, El triciclo, El laberinto, de Ed. Cátedra) y una reciente publicación de sus cartas públicas a personajes célebres (Las Cartas de Arrabal, Ed. Reino de Cordelia).
 
Portada de Las cartas de Arrabal
 
 
 
Portada de Picnic-El triciclo-El laberinto