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Relecturas (IV): Platero y yo

Volviendo a la sección Relecturas, rememoramos Platero y yo, una joya de la literatura a la que no solemos volver pero que prácticamente todos hemos leído en nuestra infancia. Como alguna vez escribí, la desafortunada manera con la que muchas veces se nos acerca a los libros en nuestra infancia hace que no valoremos como merecen obras maravillosas, o al menos que guardemos recuerdos injustos de libros que, leídos con el cariño que merecen, los haríamos mejores en nuestra memoria, y de paso nos harían mejores a nosotros mismos.


He vuelto a leer Platero y yo después de treinta años. ¡qué sensación! ¡qué manera de transmitir felicidad! ¡qué regalo para los sentidos!
En Platero y yo, Juan Ramón Jiménez nos regala los recuerdos de su adolescencia en su pueblo, Moguer,  junto a su burrito Platero, con el que comparte una parte de su vida. Con él y con Platero nos vemos transportados al pueblo, a sus gentes, sus niños, sus tradiciones y sus rituales. Con él y con Platero experimentamos como si la viviéramos la vida en el pueblo, el contacto con la naturaleza, con los animales, con la alegría del canto de un pájaro, con la vida y también con la muerte. No conozco ningún libro que nos acerque tanto a tocar, ver, oler y saborear sólo con palabras. Es un libro que desprende la esencia de la alegría de vivir, de la sencillez de las cosas importantes.
Juan Ramón habla con Platero como si éste le escuchara. Con él comparte sus reflexiones y sus sentimientos; no como en un monólogo en el que el escritor utiliza a Platero como oyente imaginario, sino que a Platero le imaginamos escuchando, sintiendo a su dueño, sufriendo cuando él sufre y feliz cuando él es feliz.
Platero y yo se disfruta más intensamente si el lector reconoce en uno mismo el amor que el escritor siente por Platero; ese amor hacia un animal que sólo puede entender el que ha tenido uno y lo ha sabido querer como un familiar más. Yo he reconocido a Greta, mi gata, en Platero. Es sorprendente lo natural que resulta asumir esos diálogos entre el autor y Platero como reales y naturales. Todos los que tenemos o hemos tenido animales, reconocemos que en nuestra relación con ellos les hablamos, nos hacemos compañía, nos entendemos, nos consolamos en los momentos difíciles, les lloramos cuando sufren o cuando les perdemos igual que ellos nos lloran cuando sufrimos o cuando nos pierden.
Como imagináis desde que comenzamos esta aventura, no pretendo dar lecciones de pedagogía ni de historia de la literatura. Desde este humilde rincón os animo a que leáis - de nuevo o por primera vez - este librito que como uno entre millones tiene la virtud de poder cambiarnos la vida. Leedlo despacio, leed un trocito, leedlo como yo he hecho, en sólo dos días. Leedlo solos y os sentiréis acompañados, leedlo y compartidlo con vuestros amigos, leedlo y recitadle en voz alta un capítulo bonito a vuestra madre, leedlo con vuestros hijos, porque es un libro que se convierte en un libro de niños para los ojos de un niño y en un niños de adulto para los de un adulto, como si eso - ser adulto o ser niño - importase demasiado.
Acabamos por el principio, por el comienzo que todos conocemos, por ese puñado de palabras que forman parte de lo más hermoso jamás escrito nunca: 


"Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón,
que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.
Lo dejo suelto y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas... Lo llamo dulcemente: "¿Platero?", y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal...
Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar; los higos morados, con su cristalina gotita de miel...
Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña...; pero fuerte y seco por dentro, como de piedra... Cuando paso sobre él, los domingos, por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo:
— Tiene acero...
Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo."

Comentarios

  1. Me encantaría decir algo, pero no puedo. Me has dejado sin palabras. Sólo que si algún dia escribiera un libro, querría que alguien supiera decir algo tan bonito de él.

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  2. A mi también me encantaría poder escribir algún día sobre un libro tuyo. Uno más entre tantos sueños por cumplir de nuestra larga lista. Gracias por tus palabras.

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