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Los gorriones

Por fin estamos en casa, el silencio que ahora se puede escuchar cuando mis niños y su madre descansan después de un día duro es el que ahora me da paz para escribir y para robarle unos minutos al sueño para regalárselos a mi sosiego.
 
Hemos pasado nuestra primera noche en el hospital, nuestro primer susto, un accidente doméstico de mi niño, el que todos los días me regala la vida con su sonrisa; no ha pasado un día desde está con nosotros sin que su sonrisa me haya hecho olvidar todas las vulgaridades del día.
 
Ha sido un susto, nada importante, pero sus lágrimas siempre son importantes, dolorosas, necesitadas de mi consuelo. Abrazado a mi, he compartido mis lágrimas con él y su risa tras el sufrimiento las ha transformado en lágrimas de felicidad. Ahora duerme en la habitación de al lado. Descansa pequeño.
 
Su madre hoy ha compartido su dolor, la que más. Él sabe que ella siempre sabrá darle lo que él necesita. Cuando se siente perdido su brújula es su madre. También lo es la mía, mi norte y mi alegría. Gracias por este aniversario, otra fecha que celebrar junto al resto de los días a tu lado. Mi mejor regalo es teneros cerca, sentiros siempre, siempre cerca. Sé, y sabe que sé que no le gusta que escriba cosas personales de forma pública, pero también sé que sabe que a veces necesito hacerlo. También los de mi pequeñita, que con sus casi dos meses de vida esta noche parecía saber que su lugar hoy era estar con nosotros cuerpo con cuerpo, latido con latido.
 
También hoy ha sido un día en el que mi padre espera una operación menos grave de lo que pensábamos todos, sobre todo él y mi madre. Pasará y lo superará, no hay mayor fuerza que la que su nieto favorito le transmite para que pueda ver cómo crece, como se hace mayor de la mano de su abuelito, el único que no tiene nombre. Es el "abu", al que se entrega sin límites, con amor infinito.
 
Es el día en el que también tengo en mi cabeza y en mi corazón a una persona muy especial. Ella sabe mejor que nadie qué es lo importante en esta vida, los momentos que nos guían y acarician nuestra mano, los que nos deben llenar de felicidad. Aférrate a ellos, a los que te quieren, a los que te quisieron y a los que te querrán. Tú haces posible que yo esté escribiendo esto porque cuando estuve a punto de abandonar, tú, sin saberlo, me diste la fuerza suficiente para seguir siendo feliz con este blog. Sé que ese sueño que compartimos alguna vez lo haremos real. Ponle nombre, pongámosle nombre, porque será real cuando lo imaginemos, lleno de libros.
 
Para todos vosotros, gracias. Hoy me habéis hecho un poquito más feliz aunque penséis que el día invitaba a todo lo contrario.
 
A ellos dedico lo que iba a ser mi próxima entrada en el blog, la relectura de un libro que resume este día y todos los días felices que nos quedan por vivir. Va para ellos mi capitulo favorito de Platero y yo,  Gorriones.
 
Gorriones
 
La mañana de Santiago está nublada de blanco y gris, como guardaba en algodón. Todos se han ido a misa. Nos hemos quedado en el jardín los gorriones, Platero y yo.
 
¡Los gorriones! Bajo las redondas nubes, que, a veces, llueven unas gotas finas, ¡cómo entran y salen en la enredadera, cómo chillan, cómo se cogen de los picos! Este cae sobre una rama, se va y la deja temblando; el otro se bebe un poquito de cielo en un charquillo del brocal del pozo; aquél ha saltado al tejadillo del alpende, lleno de flores casi secas, que el día pardo aviva.
 
Benditos pájaros, sin fiesta fija! Con la libre monotonía de lo nativo, de lo verdadero, nada, a no ser una dicha vaga, les dicen a ellos las campanas. Contentos, sin fatales obligaciones, sin esos olimpos ni esos avernos que extasían o que amedrantan a los pobres hombres esclavos, sin más moral que la suya ni más Dios que lo azul, son mis hermanos, mis dulces hermanos.
 
Viajan sin dinero y sin maletas: mudan de casa cuando se les antoja; presumen un arroyo, presienten una fronda, y sólo tienen que abrir sus alas para conseguir la felicidad; no saben de lunes ni de sábados; se bañan en todas partes, a cada momento; aman el amor sin nombre, la amada universal.
 
Y cuando las gentes ¡las pobres gentes!, se van a misa los domingos, cerrando las puertas, ellos, en un alegre ejemplo de amor sin rito, se vienen de pronto, con su algarabía fresca y jovial, al jardín de las casas cerradas, en las que algún poeta, que ya conocen bien, y algún burrillo tierno - ¿te juntas conmigo? - los contemplan fraternales.
 

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