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La buena literatura

No tengo nada claro cómo definir la buena literatura. Ya lo he dicho. A ver, creo saber identificarla, lo que no tengo claro es cómo explicarlo, qué atributos hay detrás de esta forma de clasificar una obra. Voy a contar qué es para mi un buen libro, y cómo diferencio al bueno del malo, que es algo parecido a elegir amigos: hay que elegir a los buenos con tu mejor criterio. Uno. Un buen libro para mí no tiene por qué serlo para ti. No trataré nunca de convencerte (tampoco lo hagas tú conmigo). Dos. Un buen libro te hace más libre. Abre espacios, me saca de mis zonas de confort, me enseña formas distintas de vivir, de pensar, de discrepar. Tres. Un buen libro se aleja de la acción y de la ostentación descriptiva (menos adjetivos) y despliega más lo narrado con sustantivos y con silencios: lo no narrado es un recurso que suele destilar buena literatura. Cuatro. Un buen libro no me trata como a un idiota. No me lo explica todo, me obliga a razonar, me exige esfuerzo, me lleva a releer
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Los prescriptores

Sea cual sea nuestro transitar por la vida, siempre ayuda tener expertos de confianza alrededor. Esto, especialmente importante si nuestra conducta se mueve en los finos alambres de la legalidad (os dejo a vosotros que pongáis los ejemplos), también es muy conveniente en otro orden de cosas: un amigo economista que nos ayude a tomar decisiones sobre nuestros ahorros, un primo abogado, un cuñado experto en ordenadores (todo el mundo sabe que los cuñados se inventaron para arreglar ordenadores, el resto es el precio a pagar), un amigo electricista que te arregla los enchufes cuando le invitas a comer a casa… De entre todos, mis favoritos, mis imprescindibles, son los prescriptores de libros, aquello con los que me dejo hacer, estoy en sus manos, mi confianza es ciega. No son muchos (son en realidad muy pocos), pero ahí están, con su brújula y sus libros bajo el brazo descubriéndote lo que no te puedes perder, lo que de otro modo te hubiera pasado desapercibido. Ahí están ellos, tan imp

Lugares donde has sido feliz

Si la semana pasada cuestionábamos aquello de evitar las segundas oportunidades, hoy mi reflexión resulta aún más evidente. “No tratar de volver al lugar donde has sido feliz”, ¿qué demonios es esto? ¿Quién puede defender semejante sentencia?. Pues eso, al lugar donde has sido feliz siempre hay que tratar de volver, aunque sea con nuestros pensamientos, pero la felicidad hay que atraparla y no soltarla, y si puede ser revivirla, volver a tocarla con las manos, intentar perpetuarla. Y eso, si hablamos de literatura, es fundamental. Adoro descubrir nuevos autores, propuestas inéditas, no exploradas (siempre hay que tener los ojos muy abiertos en los territorios creativos), pero la fidelidad al autor que te ha hecho feliz siempre hay que cuidarla. Por gratitud (al que tanto te dio) pero también por interés propio (ahí sabes que hay felicidad para ti en forma de nuevo libro). Belén Gopegui, Isaac Rosa, David Trueba, Sara Mesa, Sally Rooney, Murakami, Paco Roca… Imposible dar de lado a

Las segundas oportunidades

No seré yo el que le enmiende la plana a nadie. Todos mis respetos a aquellos que llevan hasta las últimas consecuencias aquello de que segundas partes nunca fueron buenas. El mismo carpe diem que les hace pensar que una vez constatado un fracaso es mejor mirar hacia adelante y no repetir, es el que a mi me sirve para justo lo contrario. Creo firmemente en las segundas oportunidades, aunque detrás de ellas todo huela a fracaso de nuevo. Y es que creo que, por encima de todo, volver a recorrer caminos ya andados nos enriquece, nos permite profundizar, detenernos en aquello en lo que no reparamos, enmendar errores. Y qué demonios, volver a equivocarnos, repetir también en el error, para aprender o simplemente para constatar nuestras debilidades. El beso que sabes que, años después, te va volver a complicar la vida (pero que volverías a dar mil veces), la vez que no te callaste cuando ya sabías qué pasa después (la tormenta que desatas), perdonar otra vez, y que vuelvan a decepcionar

Septiembre es una fiesta

Comienza el curso literario con las novedades de septiembre. No se si es el momento más feliz del año para un apasionado de los libros como yo, pero está cerca. Septiembre es una fiesta, y no hay otro momento comparable para el sector editorial mundial: las cosas importantes se estrenan en septiembre, y adelantarte o retrasarte te deja en cierto modo fuera. Es como ir a la Semana Santa de Sevilla en Noviembre (con permiso de Zamora) o a las Fallas de Valencia en Enero, que vas y no hay ni Semana Santa ni Fallas. Que Sevilla y Valencia son muy bonitas pero tú querías Semana Santa y Fallas y te has quedado con las ganas. Y a la fiesta de los libros ha vuelto La Feria del Libro de Madrid, que aunque solo sea simbólico para mi es la materialización de la felicidad, pasar una mañana entera visitando casetas y tocando libros, con permiso del Covid. Como una vulgar vieja del visillo, voy a hacer un breve repaso de los invitados a la fiesta de este año. Pido disculpas anticipadas y me ahor

Mirar hacia los lados

Comienza septiembre y no voy a ser yo el que os recuerde que el año realmente empieza ahora, que es el momento de planificar, de revisar logros y de sacar punta a los lapiceros, de hacer un repaso vital profundo, etcétera etcétera. Somos especialistas en mirar hacia adelante (el futuro, las expectativas, los planes, que no dejan de ser una versión evolucionada de la procrastinación) y hacia atrás (la mirada sosegada, aprender de los errores, las cosas que hemos cumplido, que no dejan de ser una versión evolucionada del lamento por lo que no se puede cambiar). Adelante y atrás, adelante y atrás. Sin pretender negar (ni renegar) de lo anterior, quiero poner en valor que a menudo se nos olvida que lo importante, lo único real de verdad es lo que está sucediendo ahora. Ahora, cuando estoy escribiendo, ahora, cuando estoy escuchando una música de fondo, ahora, cuando en el silencio de la noche tengo otro brazo rozando el mío. Miremos hacia los lados, expandamos nuestra mirada, aprendamo

Julián se llamaba Pablo

El verano de 2021 va a ser un año que algunos (los aficionados al fútbol) recordarán como el de la marcha de Messi del fútbol español, otros (la mayor parte probablemente) como el del regreso de los Talibanes al mapa político mundial) y algunos (los que menos, y espero que tú no seas uno de ellos) el del bananakiki , el último atentado contra la vida de Leticia Sabater. En mi familia, sin embargo, este verano será recordado por lo que descubrimos la semana pasada, asunto del que aún creo no hemos hablado lo suficiente: Julián, el tendero del pueblo, se llama en realidad Pablo. Todo sucedió el pasado sábado en nuestra compra semanal de verano, cuando Julián, de Supermercado Julián, me servía unos magníficos tomates; a mi habitual "gracias Julián" siguió la habitual sonrisa de Julián. El bueno de Julián. Julián, Julián, mi estimado Julián. Y de repente, como si de un sueño en el que despiertas desubicado, oí detrás de mi: "Pablo, ¿te quedan pepinos", y después su mu